Gratitud y gozo
La celebración de los 50 años de las Misioneras de María Xaverianas en México me llena de gozo.
Me hace sentir como un hilo más de tantos en el telar de Dios que conforman el tejido de nuestra familia misionera.
Cuando las Misioneras de María llegaron a México, yo contaba con tan solo un año de edad. Descubrí su existencia cuando era adolescente. Siendo originaria de Torreón, Coahuila, una ciudad lejana a las comunidades de las Xaverianas, no conocía nada acerca de ellas. Las conocí gracias a un folleto donde se encontraba la frase “exclusivamente misioneras”, que me hizo sentir que ese era el camino donde Dios me llamaba.
Al recordar mi primera etapa de formación, siento una gran gratitud hacia tantas personas, en especial a mi formadora Virginia, de origen italiano, y a la viceformadora Isabel, de origen brasileño. En ese tiempo, empecé a sentir lo que era, de cierta manera, la interculturalidad, y ellas abrieron la puerta para que empezara a comprender qué es vivir en comunidad como religiosa y misionera. Ambas son muy diferentes en personalidad, pero siento que nos dieron lo mejor de sí mismas. La convivencia con otras jóvenes en busca de la voluntad de Dios es actualmente fuente de cómicas anécdotas y agradecimiento.
Después de la primera profesión, encontré tantas hermanas de comunidad que comprendí que no es lo mismo vivir juntas que vivir como comunidad religiosa. El apoyo y la comprensión fueron ingredientes que no faltaron.
El tiempo vivido en México, tanto en la formación como de neoprofesa, fue un tiempo de experiencias inolvidables. Tantos rostros de personas de la Iglesia de Altamira como de Atemajac son parte de mi equipaje que me ha acompañado en todos mis años como misionera.
La presencia misionera de las Xaverianas es un don muy grande para México. Las Misioneras de María Xaverianas mexicanas nos sentimos muy afortunadas de que hermanas como Rosetta Serra, María Laura, Elisa Corti y Emiliana Priante se pusieran en camino hacia una tierra desconocida, guiadas solamente de la mano de Dios.
Qué grande la fe que dirigió a las primeras hermanas a México y qué grande el corazón que recibió a estas hermanas Xaverianas como mensajeras del Evangelio.




