Atemajac: Inicio de una Misión
Guadalupe Ortiz Albor, actualmente es la Delegada de México y nos cuenta como surgió su vocación en ocasión del Año Jublilar.
Recuerdo que era el 30 de octubre de 1987 cuando mis padres vinieron a acompañarme para dejarme aquí en Atemajac del Valle y así comenzar mi aventura misionera. Eran alrededor de las 4 de la tarde. Recuerdo la sala de la entrada donde nos recibieron: estaban Rosetta Serra, Virginia Isingrini y Giovanna Beltrame, quien acababa de llegar de Italia y todavía no hablaba español, pero su rostro reflejaba una gran paz y bondad. No recuerdo quién más estaba presente.
Rosetta llegó con un pastel de manzana que había preparado para festejar su llegada a México. Sin querer, coincidí con su fecha de entrada en la congregación. Me impresionó la acogida que nos dieron y las palabras de aliento que brindaron a mis padres, quienes se quedaron solo una hora y regresaron inmediatamente, ya que mi pueblo estaba lejos.
Desde el primer día que empecé a vivir en esta familia, me sentí agradecida por la familia que había encontrado. Ya no eran los lazos de sangre lo que nos unía, sino los lazos de fe que cada día vamos construyendo a través de la oración, la escucha y el perdón.
En estos 50 años de presencia aquí en México, quisiera agradecer al Señor por la presencia de tantas personas que nos han ayudado y sostenido, ya sea económicamente o con su amistad, lo cual me ha ayudado a vivir mi vocación misionera con alegría y entrega.
Quisiera recordar también a todas las jóvenes que estuvieron algunos años con nosotras durante nuestra formación. Con ellas vivimos momentos buenos y momentos difíciles, pero todos quedaron grabados en nuestros corazones. Ellas también hicieron parte de esta familia. Gracias por todo lo vivido juntas.
Creo que lo que México ha podido dar a nuestra familia xaveriana es el gran amor a Nuestra Madre Santísima de Guadalupe. Ella nos ha acompañado en nuestras misiones y ha visto crecer nuestra congregación aquí en México, lo cual ha sido una bendición para nosotras.
En mi corazón hay sentimientos de gratitud hacia Dios y hacia las hermanas que forman parte de esta historia. Al mismo tiempo, siento la necesidad de pedir perdón a las personas que están a nuestro alrededor si no hemos sido testimonios fieles del amor misericordioso de Dios.
Que Dios bendiga a nuestra familia con vocaciones.





