La parábola de las diez vírgenes, en Mateo 25,1-13, nos habla de la importancia de estar preparados para encontrarnos con el Señor en cualquier momento. Jesús concluye diciendo: «Velen, porque no saben ni el día ni la hora».
Las diez vírgenes esperaban al esposo. Todas tenían sus lámparas, todas aguardaban, todas se quedaron dormidas y todas escucharon el anuncio de su llegada. La diferencia estaba en un detalle que al principio nadie podía ver: cinco habían llevado consigo una reserva de aceite, mientras que las otras cinco no.
Esto nos muestra que puede existir una semejanza exterior entre las personas que esperan al Señor: asistir a la iglesia, conocer el lenguaje cristiano, participar en actividades y profesar la fe. Sin embargo, la verdadera preparación depende de algo interior, cultivado antes de la llegada del Esposo.
El corazón de la parábola es claro: existe una preparación personal que no puede improvisarse en el último momento ni tomarse prestada de otra persona.
Estar espiritualmente preparados no significa vivir con miedo de que Jesús regrese y nos encuentre cometiendo algún error. Significa, más bien, vivir de manera coherente con el encuentro que esperamos.
También las vírgenes prudentes se quedaron dormidas. Por lo tanto, velar no significa no descansar nunca, sino permanecer preparados incluso en la normalidad de la vida cotidiana.
Es posible trabajar, estudiar, formar una familia y descansar sin perder la conciencia de la presencia y de la voluntad de Dios.
Velar significa organizar nuestra vida de hoy a la luz del encuentro futuro con Cristo.
Esto implica no posponer una reconciliación necesaria, abandonar aquello que nos aleja de Dios, cumplir con fidelidad las responsabilidades que parecen pequeñas, mantener viva la fe incluso en los períodos en los que no sucede nada extraordinario y tomar decisiones preguntándonos: «¿Esto le agrada al Señor?»
El aceite, en esta parábola, representa sobre todo aquella realidad espiritual necesaria para estar preparados. La reserva de aceite puede entenderse como una vida interior alimentada por Dios: una fe perseverante, la comunión, la obediencia y una relación auténtica con Cristo.
Se trata de permitir que Él guíe continuamente nuestra vida.
La reserva se va formando en lo secreto, a través de encuentros constantes con Dios y de respuestas concretas a su voz.
La intimidad con Dios no consiste solamente en sentir su presencia, sino en conocerlo, escucharlo y seguir su voluntad. Hay días de emociones intensas y días de silencio; una relación madura permanece firme en ambos momentos.
La negativa de las vírgenes prudentes a compartir su aceite puede parecer egoísta, pero el mensaje de la parábola es que existen realidades que no pueden transferirse de una persona a otra.
Reservar aceite significa cuidar hoy aquello que sostendrá nuestra fe durante la espera.
Las lámparas debían permanecer encendidas no solamente al comienzo, sino hasta la llegada del esposo.
Es relativamente fácil comenzar con entusiasmo. El verdadero desafío es permanecer fieles cuando la respuesta tarda en llegar, la emoción disminuye, la oración parece árida y nadie nos está observando.
La reserva representa esa profundidad interior que nos permite atravesar el tiempo de la espera.
Se forma gota a gota: una oración hecha incluso cuando no tenemos ganas, una página de la Escritura acogida y puesta en práctica, una decisión correcta que nadie aplaude, un gesto de servicio sin buscar reconocimientos, la decisión de seguir confiando en Dios incluso cuando parece tardar.
Cuidar el aceite de la intimidad con el Señor puede exigir renuncias y disciplina, para no comprometer nuestra conciencia ni nuestra relación con Él.
Significa también tratar con amor a las personas que no pueden ofrecernos nada a cambio.
La espiritualidad de la lámpara encendida se refleja en la manera en que tratamos a quienes tenemos cerca.
La prudencia de las vírgenes se manifestó en su preparación anticipada. También los límites que decidimos establecer antes de encontrarnos frente a la tentación constituyen una reserva de aceite.
Es precisamente durante la tardanza del Esposo cuando se revela la calidad de nuestra reserva. Y esto se manifiesta también en la manera en que utilizamos nuestro tiempo.
Es necesario preguntarnos cómo empleamos nuestro tiempo libre, cómo organizamos nuestras jornadas y si sabemos crear pequeños espacios sin distracciones para la oración.
¿Encontramos tiempo para reflexionar, descansar y estar verdaderamente presentes junto a las personas que nos rodean?
Aquí los pequeños detalles cuentan muchísimo.
No es necesario abandonar la vida cotidiana; es necesario, más bien, dejar de vivir espiritualmente distraídos y mantener siempre llena nuestra reserva del aceite del Espíritu, sin el cual no podremos estar preparados para el encuentro con el Señor.
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Lindomar Teixeira
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07 Noviembre 2026
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