Los fariseos quisieron poner a prueba a Jesús preguntándole si era lícito pagar impuestos al César. Jesús, con sabiduría y libertad, les respondió: «Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».
Con estas palabras, Jesús no solamente responde a una pregunta malintencionada, sino que pone cada cosa en su justo lugar. Reconoce lo que legítimamente corresponde a las autoridades de este mundo, pero nos recuerda que hay algo mucho más profundo que no podemos olvidar: nuestra pertenencia a Dios.
La moneda lleva grabada la imagen del César y, por eso, puede ser devuelta a él. Sin embargo, cada ser humano lleva impresa una imagen mucho más valiosa: la de Dios. A Él, y solo a Él, debemos nuestra existencia, nuestra capacidad de amar y todo cuanto somos.
Los interlocutores de Jesús intentaban desviar la atención hacia una cuestión política para evitar confrontarse con las exigencias de Dios. Por eso, Jesús los llama «hipócritas», desenmascarando sus verdaderas intenciones. También nosotros corremos el riesgo de distraernos con cuestiones secundarias y perder de vista lo verdaderamente esencial.
«Yo soy el Señor y no hay otro», nos recuerda el profeta Isaías. Estas palabras nos invitan a preguntarnos con sinceridad: ¿Quién ocupa realmente el primer lugar en mi vida? ¿Es Dios o he permitido que el trabajo, el dinero, el reconocimiento o mis propios intereses ocupen su lugar?
Dar a Dios lo que es de Dios significa reconocer que nuestra vida le pertenece y procurar vivir con coherencia evangélica. Implica también tener la valentía de identificar aquello que nos aleja de su amor: el egoísmo, la envidia, los celos y las rivalidades. No para quedarnos atrapados en nuestras debilidades, sino para permitir que su Palabra ilumine y transforme nuestro corazón.
En este Domingo Mundial de las Misiones, cuando celebramos cien años de historia misionera, las lecturas nos recuerdan que la misión comienza en nuestra propia vida, cuando elegimos a Dios como el único Señor de nuestra existencia.No basta con hablar de Él; necesitamos preguntarnos qué imagen de Dios transmiten nuestras decisiones, nuestras relaciones y nuestra manera de tratar a los demás. Porque antes de anunciar el Evangelio con nuestras palabras, estamos llamados a hacerlo creíble con nuestra vida.
Dar a Dios lo que es de Dios es, finalmente, dejar que su amor se haga visible en los pequeños gestos cotidianos: en la bondad, la misericordia, la gratitud y la atención hacia quienes nos rodean.
Así, nuestra vida se convierte en misión y, allí donde nos encontremos, podemos reflejar la presencia y el amor de ese Dios cuya imagen llevamos grabada en el corazón.
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Licha Santiesteban
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17 Octubre 2026
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