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Misioneras de María
XAVERIANAS

Podcast

Cuando el corazón agradece, deja de apretar el puño


Las lecturas de este domingo pueden parecernos duras. Hay una viña que termina devastada, hombres que golpean y matan, un hijo rechazado y asesinado… Parecería que la Palabra nos coloca delante de un Dios enojado. Pero quisiera que miráramos un poco más atrás.

Antes de hablar de lo que salió mal, Isaías nos cuenta todo lo que Dios hizo por su viña: removió la tierra, quitó las piedras, escogió las mejores vides, construyó una torre, preparó un lagar…

Y entonces aparece una pregunta que, más que amenaza, me parece el lamento de alguien que ama:

“¿Qué más pude hacer por mi viña, que yo no lo hiciera?” Ahí descubro el corazón de Dios.

En la Biblia, la viña representa al pueblo que Dios ama y cuida. Y Dios espera de ella frutos muy concretos. Isaías lo dice claramente: esperaba justicia y rectitud. Por eso no estamos ante un Dios que está esperando nuestros errores para castigarnos. Estamos ante un Dios que ha sembrado, cuidado, esperado y confiado. Y precisamente porque ama su viña, la corrige.Dios corrige porque todavía cree en el fruto que podemos dar.

Jesús retoma esta imagen en el Evangelio. Pero algo terrible sucede: aquellos viñadores terminan comportándose como si la viña fuera de ellos. Olvidaron que la habían recibido.

Y quizá ahí comienza todo. Cuando olvidamos que hemos recibido, comenzamos a apropiarnos.

Nos apropiamos de las cosas.

De las personas.

De las relaciones.

De nuestros dones.

De nuestros espacios.

Incluso queremos controlar cómo deberían amarnos los demás.

Y cuando sentimos que alguien amenaza “lo nuestro”, cerramos el puño.

Aparecen el resentimiento, la competencia, la envidia, la necesidad de controlar y, finalmente, la violencia. Por eso me parece bellísima la segunda lectura. San Pablo nos ofrece casi el antídoto: “Presenten sus peticiones a Dios… llenos de gratitud.” La gratitud cambia nuestra manera de mirar.

Quien agradece deja de preguntarse solamente:

“¿Qué me falta?”

“¿Qué no me dieron?”

“¿Por qué no hicieron lo que yo esperaba?”

y comienza a preguntarse:

“¿Qué he recibido?”

Y cuando comienzo a reconocer lo recibido, algo se pacifica dentro de mí. Ser agradecido no significa negar las heridas ni cerrar los ojos ante la injusticia. Significa no permitir que el mal tenga la última palabra dentro de mí. Puedo haber sido herido sin convertirme en alguien que hiere.

Puedo haber sufrido rechazo sin vivir rechazando. Puedo corregir sin destruir. Puedo poner límites sin odiar. Puedo haber recibido ingratitud sin volverme ingrato. Porque un corazón agradecido no necesita vivir con el puño cerrado.

Y qué hermoso que escuchemos esta Palabra precisamente en la fiesta de san Francisco de Asís, a 800 años de su muerte. Francisco también conoció un mundo herido. Conoció la guerra, la enfermedad, las divisiones y la fragilidad. Y, sin embargo, al final de su vida no compuso un cántico de resentimiento. Cantó al hermano sol, a la hermana luna, a la hermana agua, al hermano fuego…

¿Por qué podía mirar así? Porque había aprendido algo profundamente evangélico: Todo es don.

La creación no es algo que poseemos.

La vida no es algo que poseemos.

El otro tampoco es alguien que poseemos.

Todo lo recibimos para agradecerlo, cuidarlo y hacerlo fructificar.

Por eso también san Pablo nos dice: “Aprecien todo lo que es verdadero y noble, cuanto hay de justo y puro, todo lo que es amable…”

Francisco hizo precisamente eso: aprendió a descubrir el bien. Y quizá nosotros necesitamos recuperar esa mirada. Porque podemos acostumbrarnos tanto a mirar lo que está mal, lo que falta, lo que nos hicieron, lo que nos decepcionó, que terminamos sin reconocer todo el bien que todavía existe delante de nuestros ojos.

La gratitud no cambia mágicamente la realidad. Cambia los ojos con los que miramos la realidad.

Y entonces sucede algo:

Cuando todo es don, nace la gratitud.

Cuando nace la gratitud, dejamos de poseer.

Cuando dejamos de poseer, aprendemos a cuidar.

Y cuando aprendemos a cuidar, comienza la paz.

Quizá hoy Dios no nos pregunta solamente:

“¿Qué frutos estás dando?”

Quizá también nos pregunta: “¿Todavía eres capaz de reconocer todo lo que he hecho en tu viña?” Tal vez la conversión empiece allí.

En detenernos.

Mirar nuestra vida.

Reconocer cuánto hemos recibido.

Y decir sencillamente:

GRACIAS.

Gracias por la vida.

Gracias por quienes me aman.

Gracias por quienes han pasado por mi historia.

Gracias por quienes permanecen y también por quienes siguieron otro camino.

Gracias por la creación que me sostiene.

Gracias incluso por aquellas piedras que Tú has ido quitando pacientemente de mi tierra.

Y entonces preguntarle:

Señor, después de todo lo que has sembrado en mí, ¿qué fruto puedo ofrecerte hoy? Tal vez sea un perdón. Una palabra amable. Un límite puesto con paz. Una injusticia que decido no repetir. Un gesto de cuidado hacia la creación. Una persona a la que vuelvo a mirar como hermano o hermana.

Porque quizá este domingo la Palabra quiere recordarnos algo muy sencillo:

Dios no corrige para destruir su viña.

Dios corrige porque la ama.

Y la ama porque todavía cree en sus frutos.

Y san Francisco parece susurrarnos, ochocientos años después:

Quien descubre que todo es don, agradece.

Quien agradece, cuida.

Y quien cuida, se convierte en artesano de paz.

  • Licha Santiesteban
  • 04 Octubre 2026
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