El tema principal del Evangelio de este domingo es la compasión. El texto comienza con Pedro, que hace una pregunta a Jesús:
“Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?”
Jesús le contesta:
“No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”.
Pedro expresa una experiencia humana que existe en el corazón de cada uno de nosotros: el rencor, la venganza y la necesidad de perdonar y de sentirse perdonado. Es difícil que el corazón humano olvide una ofensa, un malentendido o una deuda. Podemos olvidar muchas cosas, pero de las ofensas nos cuesta mucho desprendernos.
Jesús le presenta esta parábola y, a mi parecer, la palabra central es COMPASIÓN, que es también el hilo conductor de las lecturas de este día.
Desde ángulos distintos, encontramos una misma invitación: no olvides.
No olvides la alianza, dice el Sirácide.
No olvides a quién perteneces, dice Pablo.
Y el Evangelio nos narra cómo el mismo hombre que un momento antes suplicaba de rodillas se levanta, encuentra a un compañero que le debe una suma insignificante y lo agarra por el cuello, exigiendo el pago.
No es solo que no perdone: es que ha olvidado que, apenas un momento antes, estaba en el suelo pronunciando las mismas palabras que ahora escucha sin conmoverse.
Ha olvidado el corazón del Rey.
Ha olvidado que fue mirado con una misericordia que no podía comprar ni merecer.
Ha olvidado quién era cuando estaba de rodillas.
Y cuando olvidamos cómo hemos sido amados, nos creemos superiores a los demás.
La verdadera cárcel de la parábola es nuestro propio corazón, que no sabe salir de sí mismo y que sigue ocupando el centro de su propio mundo, sin acoger a los demás.
Por ello es difícil perdonar: porque seguimos pensando en nosotros mismos y nos olvidamos de la compasión y del perdón que Dios nos ofrece.
Es necesario purificar nuestra memoria para tener presente, en todo momento, el amor misericordioso del Padre, que nos ama y seguirá amando a pesar de todas nuestras fragilidades.
Solo haciendo memoria de este amor podremos acoger verdaderamente al hermano. No es una cuestión de esfuerzo, sino de contemplación de ese amor infinito del que nos habla la segunda lectura:
“Somos de Cristo”.
Y desde esta certeza podemos preguntarnos:
¿Qué deudas albergo en mi corazón que todavía me cuesta perdonar?
¿Cómo hago memoria de este amor infinito de Dios hacia mí?
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Guadalupe Albor
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12 Septiembre 2026
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