Jesús se retiró más allá de las fronteras de Israel, hacia tierras paganas, en la región de Tiro y Sidón. Allí, lejos de las multitudes que lo presionaban, buscaba quizá un poco de descanso junto a sus discípulos. Pero una mujer cananea, originaria de aquella región, comenzó a gritar detrás de ellos por el camino. Conocía el nombre santo: “¡Hijo de David!”. Sabía que aquel extranjero judío tenía poder sobre los demonios. Su hija estaba atormentada, y una madre no encuentra descanso cuando ve sufrir a su hija.
¿Qué hace Jesús? Nada. Ni siquiera le dirige una palabra. Continúa caminando como si no la escuchara. Los discípulos, molestos, le piden que la despida. Es entonces cuando el Señor pronuncia palabras duras: “No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel”. Y cuando ella insiste, postrándose a sus pies, la respuesta se vuelve todavía más tajante: “No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos”.
A través de este silencio, Jesús hace emerger una cualidad que probablemente ya había vislumbrado en los ojos de aquella mujer: la fe. Una apertura confiada que Jesús aún no había logrado ver con tanta claridad ni siquiera en el corazón de sus amigos más cercanos, a pesar del milagro de los panes y los peces. Esta mujer —extranjera y anónima— se acerca con una actitud humilde y confiada. Precisamente de la conciencia de no tener méritos ni derechos brotan en ella una particular belleza y una profunda libertad interior. Por eso no se detiene ante lo que podría parecer un rechazo; al contrario, continúa suplicando con sorprendente obstinación: “Es verdad, Señor —dijo la mujer—, pero también los perritos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos” (Mt 15,27).
Muchas veces nuestra oración no solo es inquieta, sino también temerosa y desanimada, casi vacía de esperanza desde el principio. Por eso, a veces reaccionamos sintiéndonos ofendidos y decepcionados ante los silencios y los aparentes rechazos de Dios. La aparente indiferencia de Jesús hacia la mujer cananea nos muestra, en cambio, que el acceso a la casa y a las cosas de Dios no es privilegio de unos cuantos, sino un destino abierto a todas las “naciones” (Rm 11,13). Este ha sido, desde el principio, el sueño de Dios.
No era intención del Señor pedirle a la mujer que demostrara su fe: Él ya conocía su corazón. “Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas” (Mt 15,28). Más bien, le ofreció la posibilidad de manifestar plenamente su hambre, hasta llegar a formular una de las oraciones más hermosas: aquella que es confiada, obstinada y libre incluso de la pretensión de obtener un resultado. Sin nuestro deseo profundo, el milagro no puede realizarse. No son las buenas maneras las que ponen en marcha la oración, sino el grito de nuestra hambre de una vida plena, la voz de nuestra indignación ante el plato vacío que, algunas veces, la vida nos pide acoger.
Dios muchas veces escucha sin responder. Su amor por nosotros es tan adulto, libre y fiel que no necesita reaccionar ante cada uno de nuestros gemidos ni satisfacer todas nuestras necesidades. Necesitamos aprender a reconocer, en su aparente insensibilidad ante nuestras peticiones, una oportunidad para hacernos más humildes y agradecidos. Estar vivos y ser amados para siempre no es un derecho adquirido: es sencillamente un regalo, el más verdadero y el más hermoso. Un regalo que debemos recibir cada día con asombro y gratitud, sabiendo que “los dones y la llamada de Dios son irrevocables” (Rm 11,29).
Así, cuando la respuesta tarde en llegar, intensifiquemos la oración en lugar de abandonarla. Hagamos como aquella madre: gritó, siguió a Jesús, insistió. Pidamos la intercesión de María, de los ángeles y de los santos. Y esperemos con paciencia, sabiendo que Dios actúa en el momento oportuno, de la manera adecuada y siempre para nuestro mayor bien. Tal vez no nos conceda aquello que pedimos, pero nos regalará algo todavía más precioso: una fe probada, más valiosa que el oro.
Y aprendamos también a ser alegres y agradecidos como saben serlo los perritos que, moviendo la cola debajo de la mesa, saborean felices las migajas de amor que siempre terminan cayendo de la mesa de su dueño. Llegar a ser hijos de Dios es un don, pero también es un camino que requiere humildad, perseverancia y confianza en ese Dios que, a pesar de todas las contrariedades de la vida, nunca dejará de regalarnos su misericordia.
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Lindomar Teixeira
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15 Agosto 2026
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