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Misioneras de María
XAVERIANAS

Podcast

Canta y danza de alegría


El Evangelio es siempre una buena noticia. En el pasaje del capítulo 10, versículos 37 al 42, que la liturgia de este domingo nos propone para nuestra reflexión y meditación, vemos a Jesús revelándose, hablando de sí mismo y manifestando la dignidad del ser humano, incluso antes de pedirnos algo a nosotros, sus discípulos.

En este brevísimo texto de apenas seis versículos, Jesús se revela a través de tres aspectos: el vínculo familiar (v. 37), la cruz (vv. 38-39) y la acogida recompensada (vv. 40-42).

El vínculo familiar

La palabra "vínculo" proviene del verbo "unir", y lo que mantiene unida a una familia es el amor. Un padre o una madre están dispuestos incluso a entregar la propia vida para que su hijo o su hija vivan y sean felices.

En Jesús, Dios se ha dado a conocer como nuestro Padre con un vínculo de amor eterno. Él nos amó primero. «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único» (Jn 3,16). «No perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros» (Rm 8,32), «para que tengamos vida y la tengamos en abundancia» (Jn 10,10).

Estas palabras nos revelan el corazón de Dios y el lugar que ocupa en él el ser humano. El amor de Dios es un vínculo que salva, eleva y libera.

Saber que somos tan valiosos a los ojos de Dios, amados hasta el punto de entregarnos a su propio Hijo, llena el corazón de una alegría que ninguna prueba puede apagar. Por eso, Jesús nos invita hoy a no poner ningún vínculo humano por encima de Él. Invita a padres e hijos a amarse en Él.

Cuando Jesús ocupa el centro de nuestra vida y está por encima de todo, incluso la pérdida de un hijo, de una hija, de un padre, de una madre o de cualquier ser querido, por más dolorosa que sea, nunca podrá alejarnos de Él. Sabemos que en Jesús la comunión se restablece.

Cuando el vínculo filial, paterno o materno se antepone a Jesús, corre el riesgo de convertirse en idolatría. Con este Evangelio, Jesús nos invita a preferirlo a Él, así como Él nos prefirió a nosotros más que a su propia vida.

Cuando Jesús ocupa el primer lugar, todo lo demás encuentra su justo orden. El amor puramente humano, con facilidad, puede volverse posesivo, egoísta e incluso llegar a la explotación.

La cruz

Jesús presenta el tomar la cruz como condición para ser sus discípulos. Él no es solamente un Maestro; es, ante todo, un ejemplo.

No nos pide nada que Él mismo no haya vivido primero. Cumplir la voluntad del Padre, anunciar la verdad y revelar su identidad humano-divina fueron motivo de incomprensión y lo condujeron a una muerte cruel en la cruz.

La obstinación del ser humano del tiempo de Jesús no es muy distinta de la nuestra. También hoy muchas personas creen poseer la verdad y sentirse libres para decidir por sí mismas qué está bien y qué está mal, tomándose como medida de todas las cosas.

Por eso, el discípulo de Jesús no puede esperar un destino diferente al de su Maestro.

La cruz parece ser lo contrario de la alegría. Sin embargo, Jesús la transformó de instrumento de muerte en signo de amor y de vida.

Quien toma su cruz y sigue a Jesús no camina hacia la derrota, sino hacia la vida plena prometida por Dios. Esta es la razón del júbilo y de la danza de alegría del discípulo.

Seguir a Jesús es, ante todo, una gracia, pero también exige un corazón disponible y una fidelidad capaz de vivir la fe a cualquier precio, incluso al precio de la propia vida.

Hoy hace falta verdadero valor y una profunda convicción para seguir a Jesús. Seguirlo significa ir contracorriente respecto a lo que propone el mundo: la exaltación del ego, el culto al propio cuerpo, la fama, la riqueza, el poder que explota, descarta y aplasta al débil; la eliminación o el silenciamiento de quien "estorba mi éxito", aunque eso cueste la vida de otros; la imposición de la fuerza mediante las armas.

Jesús rechazó todas esas propuestas y pide a sus discípulos hacer la misma elección que Él hizo.

Es una opción que libera, humaniza, salva, devuelve la dignidad, da testimonio del Evangelio y nos hace verdaderamente dignos de ser discípulos de Jesús.

Eso significa "tomar la cruz", "perder la vida" y seguir al Señor.

La acogida recompensada

La Biblia está llena de testimonios sobre los frutos de la acogida.

Dios mismo fue el primero en acogernos como hijos e hijas amados en Jesucristo, llamándonos a participar de su propia vida.

«Dios envió a su Hijo... para que recibiéramos la adopción filial... Ya no eres esclavo, sino hijo» (Ga 4,4-7).

«Miren qué gran amor nos ha dado el Padre para llamarnos hijos de Dios, ¡y realmente lo somos!» (1 Jn 3,1).

Al acogernos como hijos, Dios nos hace participar en su misión de salvar a toda la humanidad.

Esta misión abre nuestro corazón para acoger, en primer lugar, el proyecto salvador de Dios.

Acoger a un profeta, a un justo o hacer el bien a los pequeños en nombre de Jesús significa aceptar colaborar con el plan de Dios y con la misión de Cristo. Es aportar nuestra propia contribución y sostener la misión del profeta y del justo.

La primera recompensa que recibe la mujer de la primera lectura de este domingo no fue el hijo que Dios le concedió por medio del profeta Eliseo, sino el haber colaborado con su misión ofreciéndole alimento y alojamiento. El hijo fue un don adicional, una sobreabundancia de la gracia.

También nosotros, como discípulos y discípulas de Jesús, si abrimos el corazón al proyecto salvador de Dios y estamos dispuestos a colaborar con la misión de Cristo, cada uno según su propia vocación y posibilidades, tendremos siempre abierta la puerta de nuestra casa para acogernos unos a otros y recibir a nuestros hermanos y hermanas, hijos del mismo Padre.

Esta es la verdadera felicidad. Esto es lo que nos hará cantar y danzar de alegría, viviendo las palabras del salmo de este domingo:

«Dichoso el pueblo que sabe aclamarte y camina, Señor, a la luz de tu rostro. Todo el día se alegra en tu Nombre, porque Tú eres el orgullo de su fuerza, y en tu justicia encuentra su gloria.»

¡Canta y danza de alegría! Porque todo lo que Jesús te pide, Él ya lo ha vivido primero por ti, por tu vida y por tu felicidad. Y además, una recompensa te espera.

  • Eudoxie Mnongo
  • 27 Junio 2026
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