La entrada de Jesús en Jerusalén, descrita en el Evangelio de Mateo, funciona como un umbral espiritual que nos introduce en la Semana Santa, ofreciéndonos claves fundamentales para seguir el camino de Cristo hacia su Pasión. No se trata solo de un evento triunfal, sino que presenta aspectos esenciales de la misión cristiana junto con la identidad profunda del Reino de Dios.
Geográficamente, la acción ocurre en Betfagé, lugar donde antiguamente se realizaban purificaciones antes de entrar en la Ciudad Santa. Los gestos de Jesús invierten las lógicas del poder humano, regalándonos una de las imágenes más sublimes de servicio y mansedumbre. Él elimina toda expectativa de un Dios poderoso y dominador, para revelar abiertamente la realidad de un Dios pobre, humilde y manso.
El pasaje nos invita así a recorrer un necesario camino de purificación interior: para vivir bien la Semana Santa, debemos aceptar que el Reino de Dios, junto con sus valores de paz y justicia, no llega con “carros de guerra” ni demostraciones de fuerza, sino a través del servicio y la entrega de la vida.
Jesús envía a dos de sus discípulos a un pueblo para desatar una asna y un pollino. Mateo es el único evangelista que menciona ambos animales porque desea subrayar el cumplimiento exacto de la profecía de Zacarías 9,9:
“Alégrate… he aquí que tu rey viene a ti… montado en una asna y en un pollino, hijo de animal de carga”.
Mateo, además, combina esta cita con un fragmento de Isaías (62,11): “Digan a la hija de Sión”. Mientras Zacarías invitaba a la alegría, Mateo utiliza la expresión de Isaías como un anuncio que interpela a la ciudad, la cual, sin embargo, responderá con agitación y desconfianza más que con gozo.
La entrada de Jesús provoca conmoción: la multitud lo identifica como “el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea” (Mt 21,11). Esta precisión no es solo geográfica: para los habitantes de Jerusalén, el origen galileo no era prestigioso, lo que aumentaba la sospecha o la indiferencia. Galilea era considerada una región turbulenta, asociada a movimientos revolucionarios y rebeldes contra el dominio romano, lo cual pudo alimentar expectativas equivocadas sobre Jesús.
Las aclamaciones (“¡Hosanna!”, “¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!”) son citas del Salmo 118 (vv. 25-26), originalmente usadas para recibir a un rey victorioso. La multitud las transforma en una proclamación mesiánica.
El gesto de extender los mantos en el camino es reconocimiento de su realeza y signo de entrega total de la propia vida. En la simbología del antiguo Oriente, este gesto expresaba plena sumisión a un soberano, como en la proclamación de Jehú como rey de Israel (2Re 9,13).
Sin embargo, Jesús elige entrar en Jerusalén montado en un pollino, desafiando la imagen de un Dios violento o dominador. Mientras todos esperaban un Mesías en caballo de guerra, Él opta por un animal de carga, símbolo de servicio y humildad, para transmitir un mensaje claro a una multitud que lo había malinterpretado. Por eso, al final, el pueblo —cerrado en sus propias expectativas— lo rechazará y decidirá su muerte.
Este “gesto profético” revela que el poder de Dios no consiste en dominar, sino en dar la vida. Manifiesta que el verdadero rostro de Dios es el de un rey manso y humilde que se pone en manos del hombre, en lugar de someter al hombre bajo su poder.
Paradójicamente, el Señor necesita la pobreza y la humildad —simbolizadas por el asno— porque solo en el amor sencillo y servicial Dios se reconoce a sí mismo.
El Reino de Dios no llega en un futuro grandioso, sino “aquí y ahora”, cada vez que se acoge al rey humilde. La misión de los cristianos es ser testigos de este estilo de vida hasta los confines de la tierra, una “caridad política y social”: un reino que no se construye sobre la destrucción del más débil, sino sobre la mansedumbre que transforma el límite del otro en un espacio de comunión y solidaridad.
Es un reino de hermanos y hermanas, donde no se aprovecha la fragilidad ajena para dominar, sino para ayudar a llevar las cargas unos de otros.
Este estilo de vida alcanza su culmen en el misterio de la Pasión, cuando Jesús reinará definitivamente desde la cruz.
La verdadera realeza de Dios aparece como “locura” para la lógica del mundo que dice: si quieres la paz, prepárate para la guerra. Para los poderosos, que confían en la fuerza, resulta inconcebible que la historia pueda cambiar a partir del servicio y del sacrificio.
También nosotros, como la multitud, podemos sentir extraño a este Cristo pobre y manso, prefiriendo lógicas de éxito y poder. Sin embargo, la misión de la Iglesia no es ejercer dominio, sino vivir en obediencia y servicio.
La verdadera historia del mundo es la historia de nuestra capacidad de amar, y la misión consiste en “desatar el asno” —es decir, liberar a la humanidad— para que pueda caminar libre hacia su Señor.
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Elena Conforto
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28 Marzo 2026
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