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Misioneras de María
XAVERIANAS

Podcast

Una justicia que supera


“Si su justicia no supera la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los cielos”.
¿Qué nos pides, Jesús? ¿Qué significa superar en la justicia?

Somos muy capaces de excedernos yendo contra las costumbres sociales y, muchas veces, para defender la verdad, buscamos lo más liberal, lo más contracorriente, lo más individual… pero aquí el exceso no transgrede la norma, ¡al contrario! Jesús nos pone en crisis, porque no elimina la ley, sino que revela su corazón, que nosotros corremos el riesgo de perder, como los escribas y fariseos, precisamente al ser estrictos en nuestros preceptos, olvidando su finalidad: el vínculo humano.

Toda ley, aunque limitada, debería ayudarnos a indicar el verdadero bien… pero la plenitud de ese bien es solo Él, y solo Él puede revelárnoslo. El fin de toda ley está contenido en el amor fraterno, una ley no nueva sino antigua. El cumplimiento, sin embargo, es nuevo: nadie la había observado de este modo, como el Hijo, en el mandamiento del amor recíproco: “ámense unos a otros como yo los he amado”.

Pero si solo Él fue capaz de vivir la ley en su plenitud, ¿por qué imponerla? Él no la impone; vuelve a proponer esa ley de modo nuevo y nos regala su propio amor para que podamos vivirla.

Quisiera detenerme en un versículo:
“Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar, te acuerdas allí de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelve y presenta tu ofrenda” (vv. 23-24).

Recuerdo todavía aquel día, en el funeral de mi madre, cuando yo estaba sentada en un banco lejos de mi hermano: desde hacía tres años él había decidido no hablarme, y yo ya no esperaba una reconciliación, menos aún después de la muerte de nuestra madre. Ambos nos habíamos endurecido en nuestras justificaciones humanas, que nos parecían legítimas… pero yo sufría por esa distancia y, aunque había rezado mucho por ello, no era fácil llenarla.

Poco antes de acercarme a la comunión, sentí que esas palabras del Evangelio se repetían dentro de mí con una exigencia nueva, y traté de reprimir todo mi pasado para levantarme del banco, atravesar la iglesia e ir hacia él para el saludo de la paz. Desde ese momento creo que algo se desató, porque ambos intentamos dejar atrás las heridas para reencontrar nuestro vínculo fraterno.

Esta Palabra nos recuerda que antes de dirigirme al Padre, no solo debo perdonar al hermano contra el cual tengo algo, sino incluso reconciliarme con el hermano que tiene algo contra mí, aunque yo no tenga nada contra él. No puedo celebrar la paternidad si antes no busco restablecer la fraternidad.

El acuerdo fraterno es tan importante que la reconciliación tiene prioridad sobre todo culto religioso, incluso el más sagrado; y que la mirada de justicia de Dios no se detiene, como la nuestra, en el pasado, en nuestros errores, sino que se abre al futuro, porque Él nos ha reconciliado consigo una vez para siempre:

“Para Dios, el bien posible de mañana vale más que el mal real de ayer: aunque solo sea posible, cuenta más que lo real, porque Dios perdona no como quien olvida, sino como un enamorado del futuro, para quien una espiga de buen trigo de mañana vale más que toda la cizaña de hoy” (Fray Giorgio Bonati).

Esta es la mirada de justicia que supera del Padre sobre nosotros.

  • Antonella Del Grosso
  • 15 Febrero 2026
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