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Misioneras de María
XAVERIANAS

Podcast

¿Corderos o lobos?


Estamos en el segundo de la serie de días que el autor del cuarto Evangelio describe al inicio de su testimonio. Estos días llegan hasta el séptimo con el episodio de las bodas de Caná, punto culminante —aunque todavía a nivel simbólico— de la revelación de la “gloria” de Jesús, Hijo del Padre.

Sin reivindicaciones ni celos de ningún tipo, Juan el Bautista hace de puente entre el pueblo y Él, simplemente como un señalador del camino, sorprendido él mismo ante aquel hombre que se acerca, tan semejante a cualquier israelita. El Bautista está cumpliendo su misión, aquella que su padre había proclamado:
«Y tú, niño… irás delante del Señor para prepararle los caminos» (Lc 1,74).

Lo señala con palabras misteriosas pero profundamente evocadoras para los oyentes judíos:
«Este es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo».

El cordero, animal común del rebaño, emblema de la fragilidad. Pero también el cordero del rito pascual, cuya sangre en los dinteles salvó a los primogénitos de Israel y cuya carne dio fuerza al pueblo en su camino hacia la libertad. Un cordero inmolado cada Pascua y también cada mañana y cada tarde en el templo para honrar a Dios, fuente de todo bien.

Es también el símbolo usado por el profeta Isaías en el cuarto canto del Siervo, para describir el modo de ser de aquel que carga sobre sí el mal del pueblo y se deja oprimir para que, por sus llagas, el pueblo sea sanado (cf. Is 53,5-7).
Esto parece evocar el título que le da el Bautista: aquel que quita —levanta, carga sobre sí— el mal del mundo; no solo uno u otro pecado, sino esa raíz común de la que brotan tantos males que deforman la vida.

Tan fuerte que se hace frágil, porque —como dirá otro texto joánico, el Apocalipsis— es con la sangre del Cordero inmolado como sus amigos vencen al dragón, la concentración del mal, quitándole todo lugar en el cielo (cf. Ap 12,7-12).

Mateo, evangelista que leeremos este año en las liturgias dominicales, lo sugiere claramente cuando cita dos veces los cantos del Siervo: al narrar los gestos de sanación física y espiritual realizados por Jesús escribe:
«Para que se cumpliera lo anunciado por el profeta Isaías: Él tomó nuestras enfermedades y cargó con nuestros males» (Mt 8,17; cf. 12,18-21).

Dos veces, en nuestro texto, el Bautista dice que no lo conocía: no es alguien formado por él, ni un discípulo suyo. Es la novedad de Dios que sorprende incluso al precursor, quien más tarde, desde la cárcel y lleno de dudas, enviará a sus discípulos a preguntarle si es realmente Él «el que debía venir» (cf. Mt 11,1-3).

El gesto señalador de Juan ha atravesado los siglos y llega hasta nosotros hoy, para que veamos quién es verdaderamente el que ha venido y sigue viniendo. Bajo su nombre, cuántos predicadores prometen maravillas, a veces a cambio de generosas ofrendas; cuántos lo han inmovilizado en imágenes hechas a su medida, convirtiéndolo en un ídolo al que se le encienden velas.

También nosotros hoy, después de años de caminar con el Evangelio, debemos seguir diciendo:
«No lo conozco del todo; aún necesito descubrir día a día su voluntad, su estilo, su mirada sobre el mundo. Todavía soy demasiado yo y demasiado poco Él».

En este tiempo aplaudimos a los fuertes, a los lobos y a los leones que usan la fuerza para modelar el mundo a su antojo, y tratamos de imitarlos: cada vez más fuertes, más armados, más dispuestos a matar para salvaguardarnos y potenciarnos a nosotros mismos, a nuestro grupo, a nuestro país.
¿De qué nos sirvió contemplarlo Niño?

El mundo necesita personas que, soplen los vientos que soplen, elijan vivir como este Cordero: amando y sirviendo hasta el final, incluso cuando aparentemente parecen perdedoras.

  • Teresina Caffi
  • 17 Enero 2026
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