Skip to main content

Misioneras de María
XAVERIANAS

Podcast

El cielo se abre sobre el abismo humano


En aquel tiempo, Jesús fue desde Galilea al Jordán para ser bautizado por Juan. Pero Juan intentaba impedírselo, diciendo: «Soy yo quien necesita ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?». Jesús le respondió: «Déjalo ahora, porque conviene que cumplamos toda justicia». Entonces Juan se lo permitió.

Apenas fue bautizado, Jesús salió del agua; y he aquí que se abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios descender como una paloma y posarse sobre Él. Y una voz del cielo decía: «Este es mi Hijo amado, en quien he puesto mi complacencia».

El Bautismo de Jesús marca la conclusión del tiempo de Navidad, un tiempo en el que hemos recorrido los misterios de su infancia. La Encarnación del Hijo de Dios, en efecto, no se agota con su nacimiento en Belén, que representa solo la primera etapa; continúa en el Bautismo en el Jordán y llega a su plenitud en Jerusalén, con la Pasión y la Muerte. A orillas del río, Jesús vive un nuevo momento de “humanización”, sumergiéndose totalmente en la humanidad pecadora y estableciendo con ella una plena solidaridad. Como escribe san Pablo: «Siendo de condición divina, no consideró como un privilegio el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando la condición de siervo y haciéndose semejante a los hombres» (Flp 2,6-7).

Precisamente en el Jordán comienza la vida pública del Mesías. Pero ¿por qué decide mezclarse con la multitud y hacerse bautizar por Juan como un pecador? Es precisamente su condición de inocente la que le permite cargar con las culpas y la infidelidad de toda la humanidad. Junto a este río, que marca el límite entre la tierra de la esclavitud y la Tierra Prometida, se dan dos movimientos opuestos. Por un lado, quienes son tocados por la voz del Bautista deciden depositar en el Jordán sus pecados para salir de él purificados, disponiendo el corazón a la conversión. Por otro lado, el Mesías se sumerge totalmente en estas aguas y sale de ellas cargado con la miseria humana. Mientras los primeros abren un camino hacia la libertad, Jesús acepta convertirse en la víctima sacrificial. Con este gesto, pone su firma en su futura inmolación: el Jordán contiene ya el sacrificio del Gólgota, porque en estas orillas Jesús da su consentimiento a su don supremo.

Aunque sin mancha, Jesús se siente parte de una humanidad necesitada y recibe ese bautismo para testimoniar públicamente que quiere orientar toda su vida hacia el Padre. Su ejemplo es el que nos guía. Al acoger en sí el pecado del hombre, Él puede finalmente quemarlo con el fuego de su amor. No se trata, por tanto, de ser bautizados simplemente “por” Jesús, sino “en” Jesús. El Hijo de Dios, en efecto, se sumergirá en mi historia personal de pecado y soledad para hacerse verdaderamente Emmanuel, el Dios-con-nosotros. Con este gesto penitencial, Él redime no solo al ser humano, sino a toda la creación, que ha sufrido las consecuencias del pecado original.

Juan, enviado por Dios, intuye inmediatamente la grandeza de aquel que viene después de él. Para el Bautista era inconcebible que el más fuerte se dejara bautizar por el más débil, o el Santo por quien necesita purificación: «Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?». Sin embargo, la respuesta de Jesús tiene una importancia única: es una invitación implícita a Juan a continuar su misión y es, según Mateo, la primera decisión que Jesús toma en su vida. En las palabras de Jesús a Juan resuena un “nosotros”, signo claro de que habla de sí mismo y de Juan. Al decir «es necesario que cumplamos toda justicia», expresa el hacerse en todo semejante a sus hermanos (cf. Hb 2,17), es decir, a nosotros. En estas palabras resuena aquella elección que hizo “al entrar en el mundo”: «Aquí estoy para hacer tu voluntad» (Hb 10,5.7). Es la explicitación de ese “sí” que el Hijo de Dios unió al “sí” de María, cuando, tras su consentimiento, asumió en ella su humanidad. Si María vivió su “sí” en el silencio de Nazaret, Jesús ahora lo manifiesta abiertamente al mundo. Todo lo que está por vivir revela su íntima unión con el Padre.

Mientras el bautismo de Juan utilizaba el agua como elemento natural de purificación, Cristo une el agua al Espíritu Santo santificador y redime al hombre con su sangre. Bautizado en el nombre de la Trinidad, el ser humano recupera la semejanza con Dios y se deja guiar por el Espíritu, que aparece en forma de paloma. Este símbolo evoca al Espíritu que, al inicio de la creación, aleteaba sobre las aguas para sacar el orden del caos (cf. Gn 1,2). El Bautismo de Jesús en el abismo humano es, por tanto, un nuevo acto creador, un nuevo Éxodo que nos conduce a la libertad de los hijos de Dios.

Solo podemos comprender nuestro bautismo a la luz del de Jesús, porque participamos de su misma historia. Las palabras del Padre —«Este es mi Hijo amado, en quien tengo mis complacencias»— están dirigidas también a cada uno de nosotros. En Jesús, hemos llegado a ser “hijos en el Hijo”. Hoy estamos llamados a volver a la fuente de nuestra fe y a reconocer que ella exige sumergirse en las aguas de la misericordia divina. No se trata solo de corregir comportamientos externos, sino de sanar el corazón, que es su raíz. Volver a nuestro bautismo es, en definitiva, una ocasión preciosa para interrogarnos sobre la verdad de nuestra adhesión al Evangelio.

  • Lupita Pacheco
  • 11 Enero 2026
  • Visto 163 veces