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Misioneras de María
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El Evangelio de hoy nos invita a mirar la realidad con otros ojos. Juan, desde la cárcel, manda a preguntar si Jesús es realmente el Mesías. Y Jesús no responde con teorías, sino con signos concretos de vida: “los ciegos ven, los cojos andan, los sordos oyen, los muertos resucitan y los pobres son evangelizados”. La fe cristiana no se sostiene en explicaciones abstractas, sino en acontecimientos donde la vida vuelve a florecer, donde el dolor es acompañado, donde la esperanza respira.

Isaías nos regala una imagen llena de ternura: el desierto florece. Donde parecía haber silencio, tristeza o cansancio, brotan flores; y donde había miedo, aparece una voz que dice: “Sed fuertes, no temáis. Dios viene en persona y os salvará”. La salvación de Dios no comienza con estruendo, sino con signos suaves y persistentes, como cuando una flor rompe lentamente la tierra seca para nacer. Los ojos se abren, los corazones se fortalecen, los cojos saltan. Y al final, los rescatados vuelven a casa con cantos de júbilo, quedando atrás la pena y la aflicción. Adviento es creer que la vida tiene la última palabra.

Santiago nos invita a la paciencia: no una paciencia resignada, sino atenta, confiada, expectante, como quien sabe que aquello que Dios sembró crecerá, aunque hoy no pueda verlo. La impaciencia y la queja nos roban sensibilidad espiritual. La paciencia, en cambio, mantiene el corazón abierto para reconocer los signos.

El salmo completa este retrato: Dios abre los ojos al ciego, libera a los cautivos, sostiene al huérfano y a la viuda, acompaña a los peregrinos, y endereza a quienes se han doblado. La salvación se manifiesta en gestos humanos, cercanos, cotidianos.

Hoy muchas personas vivimos cansadas, inquietas, con heridas sin procesar, distraídas, saturadas de tareas, de preocupaciones o de noticias. A veces nos cuesta reconocer la presencia de Dios porque esperamos algo extraordinario, cuando en realidad Él se revela en lo pequeño, en lo silencioso, en lo frágil, en lo inesperado. Los signos están ahí: una palabra que anima, una reconciliación que parecía imposible, una comunidad que sostiene, una fuerza nueva en medio del cansancio, un brote donde parecía haber desierto, una paz inesperada después de una tormenta, un corazón que vuelve a sentir.

La verdadera alegría cristiana no nace de que todo esté perfecto, sino de aprender a ver la obra de Dios aun en lo incompleto. Reconocer los signos es pasar de la queja a la gratitud, del agotamiento al asombro, de la duda a la confianza. La invitación del Adviento es clara: abre los ojos, no a lo que falta, sino a lo que está naciendo.

Pregúntate hoy:

¿Qué signos concretos de vida, sanación o esperanza estoy viendo en mí, en mi familia o en mi comunidad?
¿En qué lugar pensé que había desierto y ahora hay un brote?
¿De qué manera me ha visitado Dios sin que yo lo notara?

A veces no necesitamos pedir más milagros, sino reconocer los milagros silenciosos que ya están en camino.

Señor Jesús,
enséñame a ver tus signos,
que no viva distraída ni cansada,
sino disponible y sensible a tu paso.
Que este Adviento me encuentre con ojos nuevos,
capaces de ver flores en el desierto,
caminos donde no los había,
luz en lo cotidiano.
Ven, Señor Jesús. Amén.

  • Licha Santiesteban
  • 13 Diciembre 2025
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