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Misioneras de María
XAVERIANAS

Podcast

Un grito sin eco


El Evangelio de hoy, como toda palabra de Dios, es una buena noticia que nos revela el corazón de Dios y nos invita a parecernos a Él: Dios está de parte de los pobres, los conoce por su nombre y al final los estrecha en su abrazo. La prueba es que el pobre, en este Evangelio, tiene un nombre, Lázaro (que significa “Dios ayuda”); mientras que el rico permanece anónimo.

Este Evangelio no nos cuenta la vida o historia detallada de estos dos personajes, sino solo un destello: uno era pobre, Lázaro; el otro, rico, se vestía de manera lujosa y hacía banquetes todos los días.

Un corazón “anestesiado”

Detengámonos un poco en la figura de este rico.

Tal como lo presenta el Evangelio, a primera vista este hombre no hace nada malo: se viste bien y come bien. No es ladrón, ni terrorista, ni bandido, ni criminal. Vivía en su mundo y se ocupaba de sus asuntos. Pero, entonces, ¿por qué su destino final es triste? ¡Precisamente por vivir encerrado en su mundo! Estaba en un mundo indiferente. La indiferencia era su tesoro: su corazón estaba “anestesiado” hasta el punto de que el otro, con sus problemas, no le importaba. La presencia de Lázaro, que era un grito silencioso de ayuda, no encontraba eco en su corazón.

Ese hombre ya estaba sepultado en vida: su corazón estaba muerto mientras vivía.

¿Cómo era posible que no viera a Lázaro ni se conmoviera por sus condiciones inhumanas? ¿Cómo podía saborear sus manjares teniendo frente a sí a un hambriento que seguía con los ojos cada movimiento de su cuchara? ¿Cómo podía dejar que un perro lamiera las llagas de su semejante?

El corazón indiferente no tiene lugar para la compasión: elige ser ciego y sordo ante las necesidades y el clamor de los demás. El otro no existe para él. La indiferencia es un cáncer maligno, la muerte y el sepulcro del corazón. Y, sin embargo, el corazón está llamado a ser morada de amor, compasión y humanidad. El rico de la parábola eligió hasta el final permanecer indiferente. ¡Su indiferencia mató a Lázaro!

¿Y nosotros hoy?

El Evangelio es siempre actual. Miremos nuestra vida y nuestras sociedades. ¿Son tan distintas a la del rico del relato? ¿Cuántos “Lázaros” mueren hoy a causa de nuestra indiferencia, de nuestra libre decisión de no intervenir para aliviar la sufrencia de nuestros hermanos y hermanas?

La ayuda al pobre, antes que un acto de caridad, es una cuestión de justicia: es devolver a los pobres lo que Dios ha dado para todos, decía san Agustín.

San Pablo lo recuerda: “Nosotros, los fuertes, debemos sobrellevar las flaquezas de los débiles, sin complacernos a nosotros mismos” (Rm 15,1).

Y añade: “¿Qué tienes que no lo hayas recibido?” (1Cor 4,7).

Cuando se pierde la conciencia de que todo lo hemos recibido de Dios, nos volvemos egoístas y todo gira en torno a nosotros.

Con frecuencia vemos al pobre como una carga, un obstáculo para nuestra felicidad, pero olvidamos que un pobre es una bendición: es una ocasión para servir a Cristo, tocar su carne sufriente y ser canal del amor de Dios.

El Evangelio nos presenta al pobre incluso como puerta al Cielo: nuestra entrada depende de nuestra relación con el pobre, el necesitado y la escucha de la Palabra. La indiferencia condena y lleva a la muerte eterna; la compasión y el amor concreto que se dona conducen a la vida verdadera y eterna.

 

Sanar la indiferencia

¿Qué es la indiferencia? Es una actitud en la que la persona decide no dejarse afectar: ver sufrir y no hacer nada, girar el rostro cuando podría tender una mano. Es lo contrario del amor, porque amar significa estar ahí para el otro, sentir, participar, reaccionar.

“El contrario del amor no es el odio, es la indiferencia”, decía Elie Wiesel, sobreviviente del Holocausto. La indiferencia es elegir no amar.

¿Se puede sanar la indiferencia? Sí. Basta una decisión valiente de levantar la mirada, abrir los ojos a la realidad cercana y lejana, abrir los oídos para dejar que el grito del necesitado, incluso silencioso, atraviese el corazón y lo mueva.

Pidamos humildemente al Señor que cure nuestro corazón, que nos dé un corazón nuevo, un corazón de carne capaz de compasión, de conmoverse, de amar, de verlo y servirlo en cada necesitado.

Jesús no está contra los ricos ni contra la riqueza, sino contra su mal uso. Nos invita a la generosidad y a compartir responsablemente con quienes lo necesitan.

Nunca es tarde para convertirse. Tenemos a Moisés y a los Profetas: no necesitamos que “uno resucite de entre los muertos” para convencernos de la urgencia de la conversión. Que el grito del pobre encuentre eco en nuestro corazón.

Oración final

Hagamos nuestras las palabras de este himno litúrgico de Michel Scouarnec y dirijámoslas al Señor:

Abre mis ojos, Señor,

a las maravillas de tu amor;

soy el ciego en el camino,

cúrame, quiero verte.

Abre mis manos, Señor,

que se cierran para retenerlo todo;

el pobre tiene hambre ante mi casa:

enséñame a compartir.

Haz que sienta, Señor,

a todos mis hermanos que claman hacia mí;

a su sufrimiento y a sus súplicas,

que mi corazón no sea sordo.

  • Eudoxie Ngongo
  • 26 Septiembre 2025
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