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Pedro y Pablo: columnas vivas de una Iglesia en camino


Pedro y Pablo, columnas sobre las que también nosotros seguimos apoyándonos.

En su diversidad, entregaron la vida por la fe y por la unidad del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia, compartiendo la misma suerte que su Maestro. La fiesta litúrgica celebra juntos su martirio, porque la Iglesia de todos los tiempos necesita de ambos: de la fe sólida de Pedro, templada por el reconocimiento de sus límites, y del ardor incansable de Pablo, siempre dispuesto a dejarse impulsar por el Espíritu más allá de las fronteras.

El Evangelio nos presenta la profesión de fe de Pedro, que tiene lugar en un ambiente pagano, Cesarea de Filipo, lo cual hace que resalte aún más. Allí, donde abundan las tinieblas del culto pagano al dios Pan, brilla el reconocimiento de Jesús.

Jesús hace pasar a sus discípulos —y a nosotros con ellos— del "¿qué dice la gente de mí?" a una respuesta personal.

Ustedes, mis amigos, con quienes comparto todo, a quienes he llamado… ¿quién soy yo para ustedes? ¿Para ti?

Jesús desea que respondamos, que miremos esta relación vital y que nos detengamos a reconocer el lugar que Él ocupa en nuestra vida.

Simón toma la palabra, dejando brotar esa inspiración que el Padre le ha concedido intuir:

"Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo."

Y la respuesta de Jesús es una nueva llamada: el “pescador de hombres” se convierte en la “piedra viva” sobre la que se construirá su Iglesia.

La primera piedra de un edificio espiritual hecho de muchas otras “piedras vivas, escogidas y preciosas a sus ojos” (1Pe 2,5).

Quien reconoce a Jesús, recibe a su vez un nombre nuevo. Reconocer quién es verdaderamente Jesús para mí, el lugar que ocupa en mi vida, implica recibir una nueva luz sobre uno mismo, sobre los propios límites, pero también sobre la confianza de Aquel que nos ve como instrumentos valiosos en sus manos.

El nuevo nombre que Pedro recibe lo comprenderá más adelante. Ser piedra, creer sin vacilar, recibir autoridad… es un rol de servicio para dejar aparecer a Jesús. Como dijo el papa León en su primera homilía: quien tiene un rol de responsabilidad en la Iglesia debe desaparecer para dejar aparecer al Señor.

Cuando acogemos este don de reconocer a Jesús en nuestra vida, no estamos exentos de errores… necesitamos redimensionarnos, mantenernos humildes, con los pies en la tierra, y nunca demasiado seguros de nosotros mismos.

Recibir un don no significa que ya lo sabemos todo.

Como Pedro y Pablo, también nosotros debemos pasar de la ilusión de haber comprendido —ese “sé quién eres” que proclama el espíritu impuro (Mc 1,24)— al “te conocía sólo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos” de Job (Job 42,1-6).

El Señor anticipa como promesa de esperanza lo que Pedro todavía no puede comprender del todo.

“Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”: Jesús promete que Él mismo será el constructor del edificio espiritual, uniendo las piedras vivas. Nuestra unidad, la comunión que nos une entre nosotros, es siempre obra suya. Recordar esta promesa redimensiona nuestros esfuerzos, ilumina nuestros fracasos, y nos da esperanza: la comunión siempre es posible si le dejamos obrar a Él, porque “si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los constructores” (Sal 126).

Pidamos a Pedro y Pablo poder recorrer su mismo camino, ser instrumentos dóciles en manos del Señor, para que Él pueda construir la unidad de nuestra familia humana.

  • Elisa Lazzari
  • 28 Junio 2025
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