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Misioneras de María
XAVERIANAS

Podcast

Creer....Testimoniar!


Los discípulos y discípulas amadas, en este domingo, nos invitan a mirar con atención a Tomás y a reflexionar.
Personalmente, siempre he pensado y sigo pensando que Tomás es tratado injustamente, porque él nos muestra un camino, y su forma de creer es profundamente discipular.

Tomás se separa de los otros discípulos, no acepta el testimonio de una experiencia que no ha vivido. Él quiere una experiencia personal. La resurrección no puede ser, para él, algo conocido solo de oídas. Solo llegará a creer cuando haya tenido una experiencia personal del Cristo. Insiste en que quiere tocar las heridas. Tomás desea un signo, algo muy característico en este Evangelio (Juan 2,18; 6,30).
En este relato, Tomás se convierte en nuestro representante. Entramos en la historia de Jesús y nos unimos a los seguidores de la comunidad que, en el tiempo en que se escribió este Evangelio, vivían en un contexto de polémicas, dudas, conflictos, persecuciones. Comprender la resurrección fue difícil para ellos, como lo es también para nosotros hoy. Tomás era de ese tipo de personas que dicen: “Déjenme ver. Denme pruebas, muéstrenme evidencias. ¿Dicen que lo han visto vivo? No lo creeré hasta que lo vea con mis propios ojos”.

La primera aparición tuvo lugar en la tarde del primer día de la semana, el día de la resurrección. Esta segunda aparición ocurre “ocho días después” (Jn 20,26), el primer día de la segunda semana. La escena es exactamente la misma. Las puertas están cerradas; están a salvo, protegidos de la oscuridad de la noche y de los miedos que esta trae consigo. En ambos episodios, Jesús no encuentra ningún obstáculo para estar con los discípulos. Las puertas cerradas no son impedimento para su presencia. En ambas ocasiones: “Jesús vino, se puso en medio de ellos y dijo: ¡La paz esté con ustedes!” (Jn 20,19.26.29).

En este segundo relato, Tomás es llamado al centro: tendrá la oportunidad de vivir la misma experiencia que los demás discípulos. Jesús le dice: “Pon tu dedo aquí y mira mis manos; extiende tu mano y métela en mi costado. No seas incrédulo, sino creyente” (Jn 20,27). Tomás no hace nada de lo que se le ha indicado. En cambio, su confesión revela que en él nace la fe, y reconoce quién es Jesús: “¡Señor mío y Dios mío!” (Jn 20,28). Tú eres el Mesías enviado por Dios.
La confesión de Tomás expresa: “He visto a Dios en la persona de Jesús. Veo la Palabra hecha carne habitando entre nosotros”. Tomás comprende y confiesa que, al ver a Jesús, vemos a Dios. Tomás expresa la fe de la comunidad de discípulos y discípulas amadas, que nos entregan en su Evangelio.

La comunidad, a través de Tomás, hace entender a los presentes de entonces y a sus descendientes —nosotros, a lo largo de la historia— la comprensión correcta de la resurrección. Acompañamos el relato: primero, Jesús le dice a Tomás: “¿Has creído porque me has visto?” Luego añade las palabras que nos alcanzan hoy: “Dichosos los que creen sin haber visto” (Jn 20,29). Dichosos los que son llamados a la experiencia de Cristo a través del testimonio de otros creyentes. Dichosos los que viven una nueva humanidad y la alcanzan gracias al testimonio de quienes ya viven esta nueva conciencia humana.

Los discípulos de Jesús serán reconocidos —ya lo había dicho él— por el amor que saben entregar y por la libertad que alcanzan, una libertad que les permitirá dar la vida por los demás por amor.
La vida y el amor que encontramos en los demás, en el Jesús humano, son la vida y el amor manifestados en el Crucificado ahora Resucitado. Su imagen lleva las cicatrices de una vida vivida, de una libertad vivida en el amor, del hecho de que su glorificación no sucedió en el triunfo, sino en la muerte, en la capacidad de dar la vida, de amar incluso cuando le era arrebatada.
Esto es lo que ve Tomás: la cruz apunta más allá de sí misma, hacia su sentido último. El Crucificado es la presencia de Dios entre nosotros. Él es el Dios fuente de la vida, su llamada es una invitación a vivir en plenitud.

“Jesús hizo en presencia de sus discípulos muchos otros signos que no están escritos en este libro. Pero estos se han escrito para que crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengan vida en su nombre” (Jn 20,30-31). Tener vida no es volverse religioso, ni alcanzar una pureza moral, ni ganar un debate doctrinal sobre la ortodoxia. Tener vida es ser testigos de Jesucristo crucificado y resucitado. Es experimentar que es posible vivir una vida nueva, capaces de atravesar los muros del miedo que nos separan de los demás y de nosotros mismos. Porque “tenemos vida y la tenemos en abundancia”, eso es lo que Jesús nos ofrece. Ser cristiano no es solo creer, sino vivir esta Buena Nueva.

Creer es hacer experiencia de Jesucristo crucificado y resucitado, vivir en Él una nueva conciencia humana, que nos permite ser el cuerpo de Cristo, testimoniar la nueva humanidad en Cristo en cada generación.


“¡Dichosos los que creen sin haber visto!”. ¡Han creído a un Testigo!
El Papa Francisco, testigo de esta Bienaventuranza.
Su vida: “signos” escritos en nuestra historia —humildad, valentía, entrega, misericordia, amor incansable en la lucha por los pobres, los excluidos, los invisibles del mundo.
Mirada acogedora, profecía que ha llenado de esperanza, tenacidad que nos desafió a comprometernos por la igualdad, la inclusión, el reconocimiento y el respeto de la diversidad.
Testimonio de vida que reveló que todo está interconectado en la casa común, en la convivencia con quienes viven en la calle, los migrantes, los encarcelados, reconocimiento de los pueblos originarios.
Nos invitaste a beber de la fuente del Vaticano II: Iglesia, Pueblo de Dios, Sinodalidad.
Voz que hasta el último suspiro clamó por el desarme, por la paz, por la vida, e invitó a ser peregrinos y peregrinas que caminan en la esperanza.

¡Gracias, Papa Francisco!

  • Tea Frigerio
  • 26 Abril 2025
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