La liturgia nos invita a leer Juan 20,1-10, pero te invito a leer hasta el versículo 18.
Lee lentamente y haz presentes a los personajes: María Magdalena, el Discípulo Amado, Pedro.
Continúa visualizando a los personajes allí donde los encontramos en la narración: en el camino, en el jardín, en el sepulcro.
María Magdalena, en la oscuridad, va al sepulcro, ve la piedra removida, regresa, comunica su angustia...
Simón Pedro corre al sepulcro, llega, entra, ve... El Discípulo Amado corre y llega primero, espera a Pedro, entra, ve, cree... Vuelven juntos, pero transformados...
María Magdalena permanece... llora... busca... entra al sepulcro... busca un cuerpo muerto... una voz, un nombre: "¡María!"... "¡Rabuni!"... "No me retengas..." "Ve donde mis hermanos..."
Corrió a proclamar: “¡He visto al Señor!”
Hoy, ¿con cuál de estos personajes te identificas? Detente... Reflexiona... Pregúntate: ¿qué significa para mí la Resurrección?, ¿cómo anunciaría hoy al Resucitado?
La Iglesia naciente se fundamenta en la experiencia que María y los otros discípulos vivieron: el mismo Jesús que los llamó a la orilla del lago, en los caminos de Galilea, con quien vivieron y a quien siguieron, tras su muerte, vuelve a salir a su encuentro para hacerlos partícipes de su vida nueva, y así, al hacerlos parte de su cuerpo resucitado, los envía.
¿En qué consiste este encuentro con el Resucitado? En los relatos de las apariciones, se describe este encuentro como un proceso que va desde una situación de dolor, de desesperación por la muerte cruel del Maestro, o la búsqueda de su cuerpo muerto, hasta la proclamación de que está vivo.
Es el caso de las mujeres que van al sepulcro en Mateo, de la pareja de Emaús en Lucas, de María en Juan.
Los evangelios narran el encuentro del Señor con sus discípulos según un itinerario que permanece como modelo para cada encuentro.
Este itinerario no consiste en la revelación de algo que se dice, sino en el reconocimiento progresivo de una persona.
El itinerario se describe como una experiencia sensible que se transforma en una convicción espiritual.
El primer contacto se da con acciones como tocar, ver, caminar, comer juntos... que luego llevan al reconocimiento de la identidad de Aquel que está presente.
Este reconocimiento se realiza, en Emaús, en el momento en que el Señor desaparece.
La alegría de la pareja es total después de la partida del Señor, una alegría que los impulsa a regresar a Jerusalén y anunciar: “¡Hemos visto al Señor!” (Lc 24,52-53).
En este proceso, movido por el Espíritu, brota la fe de la comunidad primitiva en la Resurrección.
Una fe que se convierte en alegría, en anuncio de la Buena Noticia, en compromiso hasta entregar la vida como el Maestro, Jesús.
El encuentro con Jesús Resucitado no es, obviamente, un encuentro “cara a cara”, sino una experiencia de amor entre dos personas: una relación dinámica y vital.
Volvemos la mirada a la experiencia de María Magdalena, a su itinerario: el llanto, la búsqueda, el dolor que la ciega, el oído que se abre a una voz, a la inhabitación, al reconocimiento.
María no se dirige al Señor porque lo ha visto, sino porque ha escuchado su nombre pronunciado por Él.
Una vez más, el encuentro se presenta como una relación de amor: un amor que lleva al reconocimiento de Jesús por parte de María, y esa nueva unión entre ellos se convierte en misión: “Ve donde mis hermanos...” (Jn 20,17b).
¿Quién es el Cristo que sale al encuentro de sus amigos en camino?
Es fundamental para nuestra fe percibir que el Resucitado se presenta con las marcas de su pasión, ahora transformadas por el amor.
Sí, es el mismo que nació en el pesebre de Belén, que anunció el amor del Padre a los pequeños con sus obras y palabras, que por fidelidad a Dios, a los últimos y a nosotros, murió injustamente en una cruz.
Él es el Resucitado que se deja “ver” por los suyos (Jn 20,24-28).
Por eso, es necesario vivir la experiencia del encuentro con el Resucitado.
Necesitamos encontrarlo, recorrer la experiencia de los primeros cristianos.
Esto es posible porque, cuando decimos que Cristo ha resucitado, estamos hablando de Alguien vivo, presente, real, activo en nuestra historia y en nuestra vida, y por tanto, accesible a nuestra experiencia.
La experiencia nos ayuda a penetrar y nos revela que el Dios de Jesús es un Dios de vida y en acción: la resurrección es ese acto creativo y salvador de Dios, que no deja en la muerte al justo que ha revelado su amor misericordioso.
Es abrir los ojos, “dar a luz” en la realidad la presencia activa de Dios, que mueve la historia y abre siempre un camino de esperanza.
Es el anuncio de que la humanidad, en su libertad, es un proceso siempre abierto a la novedad de una historia que se abre sin fronteras.
En los relatos pascuales percibimos cómo se da a conocer el Resucitado: “Entonces se les abrieron los ojos” (Lc 24,31), “Jesús vino y se puso en medio de ellos” (Jn 20,19), “les abrió la mente para que comprendieran las Escrituras” (Lc 24,46).
Se trató, sin duda, de un proceso comunitario de Resurrección, en el cual los discípulos de Jesús descubren que la novedad de la Resurrección de su Maestro se realiza en una continuidad enriquecida por una nueva diferencia.
Continúa, pero al mismo tiempo es tan distinta que cambia la historia.
Jesús, vivo, resucitado, no se aleja de la realidad, sino que está presente en ella, presente de una forma nueva.
Por tanto, la resurrección no significa que Jesús pierda contacto con la historia, o que quede fuera de la comunidad.
Al contrario, toda la atención se centra en su presencia renovada, avivando la fe, llamando a la misión y sosteniendo la esperanza hacia el futuro.
Leonardo Boff lo afirma de manera poética:
“Con la resurrección, aquello que el mundo antiguo no conocía ha entrado en la historia de la conciencia humana: la sonrisa de la esperanza.”
Creer en el Resucitado es asumir su seguimiento, sentirse llamado por Él a seguir sus pasos.
Creer en el Resucitado es entrar en el dinamismo vivo del Reino que Él ha inaugurado, siguiendo sus huellas en una vida que, a pesar de todas las cruces, ya goza de la misma esperanza de resurrección.
Con Dom Pedro Casaldáliga proclamamos:
“La esperanza es lo último que muere... si muere, resucita.”
Somos del pueblo de la Esperanza: “esperanza – esperanzar”;
esperanza activa, comprometida, militante;
esperanza obstinada y perseverante;
esperanza alimentada por pequeños pasos, no por lo “inédito posible”;
esperanza en proceso;
esperanzar en camino hacia el Reino definitivo...
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Tea Frigerio
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18 Abril 2025
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