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Misioneras de María
XAVERIANAS

Podcast

El encanto del amor y la compasión


Hemos llegado al Domingo de Ramos, que evoca una mezcla de fiesta y tragedia inminente, y nos lleva de nuevo a esos sentimientos de amor y compasión por ese HOMBRE que está a punto de ser traicionado y entregado al peor de los destinos, el de los malhechores, tras su entrada triunfal en Jerusalén. El clamor del “¡Hosanna!”, el crujir festivo de los ramos de olivo que hoy acompaña la procesión al exterior, deja enseguida paso al profundo silencio dentro de la celebración, invitando a desplazarse emocionalmente hacia otro lugar más interior: se entra bruscamente en el relato de la Pasión de Cristo, que marca el inicio de la Semana Santa.

Quisiera comentar solo el pasaje final de la Pasión:

“Era ya hacia el mediodía cuando se oscureció toda la tierra hasta las tres de la tarde, porque el sol se eclipsó. El velo del templo se rasgó por la mitad. Jesús, dando un fuerte grito, dijo: ‘Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu’. Y dicho esto, expiró. Al ver lo que había pasado, el centurión daba gloria a Dios diciendo: ‘Verdaderamente, este hombre era justo’. Toda la multitud que había acudido a este espectáculo, al ver lo ocurrido, regresaba golpeándose el pecho. Todos sus conocidos, y las mujeres que lo habían seguido desde Galilea, se quedaron mirando desde lejos todo esto” (Lc 23,44-49).

También en este pasaje hay una transición brusca: de una luz cegadora se pasa a la oscuridad ensordecedora de un eclipse total, que solo se sacude con el golpe del desgarrón: “el velo del templo se rasgó por la mitad”. Estas palabras me traen a la memoria una obra artística titulada El Llanto por Jesús, de Agostino Ghilardi, expuesta en la iglesia de Santa Maria Assunta en Cologno al Serio (Bérgamo) para esta Cuaresma. Es una escena de ocho estatuas de terracota en tamaño natural, que nos lleva a un templo, no solo de piedra, sino al templo sagrado de un cuerpo, asesinado, bajado de la cruz y tendido sobre la tierra desnuda, en una sociedad donde lo sagrado y la muerte están expulsados de la vida cotidiana. Para contar que, desde ese momento, Dios ya no tiene velos, porque en el Hijo se ha revelado el rostro apasionado del Padre, hay seis mujeres y un discípulo: una de ellas, María Magdalena, con los brazos abiertos, parece representar el abrazo del Padre que acoge el regreso del Hijo y, en él, de toda la humanidad. Al mismo tiempo, esos brazos de mujer, casi como una gallina que cobija, quisieran proteger la sacralidad y el sentido más profundo de ese dolor, de esa herida, de toda muerte humana, y consolar con esperanza a quien presencia todo eso. Quien mira puede entrar en ese espacio, tocar esas figuras, volverse uno con ellas.

“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.” Son las últimas palabras dirigidas al Padre, que en esta escena artística parecen ser recibidas por una madre, de pie ante él; una entrega del Espíritu que pasa de la boca del Hijo a la de su Madre, como un beso. Todo el cuerpo de la madre se retuerce, compartiendo ese dolor, pero también esa atracción que llega hasta el vientre, en un nuevo y único aliento de amor, exhalado e inhalado, que da vida.

“Y las mujeres que lo habían seguido desde Galilea estaban contemplando estas cosas.” Estas mujeres en el Evangelio no hacen nada, como en este cuerpo artístico. Están en contemplación, en silencio, ante su Cuerpo. Así como la tierra acoge la semilla, así en su corazón entra, a través de los ojos, el misterio de la cruz. Esta revela la cualidad fundamental de Dios: su compasión por el ser humano, el principio mismo del amor. Esto se manifiesta sin ambigüedad precisamente cuando se está impotente e indefenso ante el ser amado. La compasión, el sufrir-con, atraviesa incluso el umbral de la soledad más inaccesible del otro: la muerte. De hecho, mata por dentro y hace que uno se vuelva como el otro. Toda acción que no nace de ella no es gesto de solidaridad, sino de poder y autoafirmación. Estas mujeres contemplan la compasión de Dios por el mundo, y quedan tomadas por ese mismo sentimiento hacia Él. Solo se mira lo que se ama, y uno se vuelve aquello que ama. Estas mujeres representan a la Iglesia con sus “notas esenciales”: seguir a Jesús hasta el pie de la cruz, contemplar al Crucificado, y responder a su compasión con debilidad y vulnerabilidad extrema. En ellas continúa la historia de Cristo. Son el Evangelio vivo, la memoria del Señor, su perfume que se derrama por todo el mundo. Escriben la verdadera historia de la Iglesia. (cf. Fausti, Evangelio de Lucas)

  • Antonella Del Grosso
  • 11 Abril 2025
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