En el Evangelio de este domingo, Jesús parece estar en un callejón sin salida: los escribas y fariseos lo interpelan sobre el caso de una mujer que le es traída tras haber sido sorprendida en flagrante adulterio. Le piden que diga qué piensa sobre lo que la Ley de Moisés ordena hacer en estos casos. Jesús no se deja llevar por los nervios; al contrario, dueño de la situación, se inclina y comienza a escribir en el suelo con el dedo. Sus adversarios, en cambio, se ponen nerviosos. Parecen aquellas personas que investigan morbosamente las perversiones ajenas, porque son incapaces de ver y aceptar la profunda corrupción que llevan dentro.
Sorprende la crueldad de su juicio, una agresividad disfrazada de justicia y firmeza que busca destruir sin piedad. Insisten para que Jesús dé su opinión.
Entonces Jesús se incorpora y pronuncia la frase que deja a todos en silencio y reflexivos:
“El que esté sin pecado, que tire la primera piedra”.
Dicho esto, se inclina nuevamente y sigue escribiendo en el suelo.
Jesús no habla de la Ley, sino que dirige la atención a otra cosa: en vez de permitirles iluminar a la mujer con la luz de la Ley para condenarla, les pide que se examinen a sí mismos a la luz de lo que la Ley exige de ellos. En el silencio, toman conciencia de que no se puede hacer justicia con una Ley incompleta (cf. Lv 19,15.37).
La Ley ordena que las personas adúlteras sean castigadas. Pero el adulterio no se comete en soledad. Llevar a juicio solo a una persona no es conforme a la Ley y es injusto, ya que esta es clara:
“Si alguien comete adulterio con la esposa de su prójimo, el adúltero y la adúltera serán condenados a muerte” (Lv 20,10; cf. Dt 22,22).
Es importante notar que, en la Ley, la primera persona acusada es el hombre. Los fariseos y los escribas, que conocen la Ley, deberían saberlo. Sin embargo, son los primeros en tergiversarla, afirmando que la Ley dada por Moisés ordena lapidar a las mujeres, sin mencionar a los hombres implicados en el crimen.
Entonces, los fariseos y escribas se retiran uno tras otro, llenos de vergüenza, comenzando por los mayores. Sucede justamente lo contrario de lo que querían: la persona condenada por la Ley no es la mujer, sino ellos mismos, que se consideraban fieles a la Ley.
Este episodio, más que cualquier otra enseñanza, revela que Jesús es la luz que muestra la verdad. Hace salir a la luz lo que está escondido dentro de las personas, en lo profundo. A la luz de su palabra, quienes parecían defensores de la Ley se muestran llenos de pecado, y ellos mismos lo reconocen, porque se marchan, comenzando por los más ancianos.
Y la mujer, considerada culpable y merecedora de la pena de muerte, queda frente a Jesús absuelta y salvada (cf. Jn 3,19-21).
Una mirada más amplia desde la condición de la mujer en el Antiguo Testamento
Algunas mujeres en la historia de Israel tuvieron funciones importantes. Sin embargo, fueron excepciones y, por lo general, se las presenta como modelos a seguir. La tendencia oficial, sin embargo, en el ambiente judío, fue casi siempre la de excluirlas de toda actividad pública y considerarlas inadecuadas para cualquier rol en la sociedad, salvo el de esposa y madre. De hecho, en los relatos bíblicos, las mujeres se encuentran entre los “pobres”, indicando cómo eran víctimas de los ricos y poderosos.
Lo que más contribuyó a su marginación fue la ley de la pureza.
Una mujer era considerada impura por ser madre, esposa, hija, o simplemente mujer:
Como madre, porque al dar a luz se volvía impura.
Como hija, porque al nacer traía consigo 80 días de impureza, el doble que un hijo varón (cf. Lv 12).
Como esposa, porque cada relación sexual la volvía impura por un día (cf. Lv 15,18).
Por el simple hecho de ser mujer, cada mes quedaba impura por siete días a causa del flujo de sangre. Y quien la tocara, quedaba también impuro por contagio (cf. Lv 15,19-23).
Esta legislación hacía la vida diaria insostenible. Durante siete días al mes, la madre de familia no podía acostarse en la cama, ni sentarse en una silla, ni tocar a sus hijos o esposo, si no quería contaminarlos.
Esta legislación es fruto de una mentalidad según la cual las mujeres eran inferiores a los hombres. Algunos proverbios revelan esta discriminación. La marginación llegó a tal punto que la mujer fue considerada origen del pecado, de la muerte y causa de todo mal (cf. Sir 25,24).
Así se justificaban y perpetuaban el privilegio, el dominio y la violencia de los hombres sobre las mujeres: divorcio, repudio, lapidación…
En el contexto de la época, la situación de las mujeres entre los pueblos bíblicos no era peor ni mejor que en otros pueblos. Era una cultura generalizada. Aún hoy, esa misma mentalidad persiste en varios ambientes y culturas: pensemos en países donde a las mujeres se les prohíbe el acceso al trabajo, al estudio, a conducir, al derecho a la salud…
Desde los inicios del pueblo bíblico hasta hoy, siempre ha habido reacciones contra la exclusión de las mujeres, sobre todo después del exilio, cuando la ley las marginaba como impuras y segregaba a los extranjeros por considerarlos peligrosos.
La resistencia de las mujeres crecía en proporción a la gravedad de su exclusión. Varios libros sapienciales recogen esa voz de oposición: Cantar de los Cantares, Rut, Judit, Ester.
En estos libros, las mujeres no aparecen como esposas o madres, sino como mujeres que saben usar su belleza y feminidad para luchar por los derechos de los pobres y defender así la Alianza del pueblo.
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Elena Conforto
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05 Abril 2025
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