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Misioneras de María
XAVERIANAS

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Cuando el Cielo toca la Tierra


El relato de Lucas sobre la Transfiguración se compone de tres escenas. En la primera, los discípulos Pedro, Juan y Santiago son espectadores externos de un evento que ocurre entre Jesús, Moisés y Elías. Los dos profetas no dirigen palabra a los discípulos, sino que conversan con Jesús. Lucas menciona el tema de su conversación: su éxodo, que se cumplirá en Jerusalén. No fueron escogidos al azar entre los antiguos padres. Moisés sabía bien lo que significaba el éxodo: cuánto coraje, cuánta fe, cuánta resistencia ante la soledad, cuánta decepción que debía sobrellevar sin dejar de amar a un pueblo infiel. En cuanto a Elías, él también pasó por la dura subida de cuarenta días al monte Horeb, perseguido por la reina, abandonado por el pueblo por el cual había realizado tantos signos, creyendo haber fracasado en todo.

Jesús está viviendo la historia que ellos habían prefigurado. Un camino en el que muchos lo han abandonado, sus discípulos lo siguen sin comprender y con deseos opuestos, y el miedo al momento final y terrible crece en su corazón. La ternura del Padre por él propicia este encuentro para que, meditando en la historia de los antiguos padres, Jesús tome valor y llegue hasta el final de su Pascua. Para Moisés, se trató del ingreso –solo vislumbrado en el futuro cercano– de su pueblo en la tierra prometida. Para Elías, el momento final fue el encuentro con Dios y el descubrimiento de que su historia no había sido un fracaso, sino un paso adelante que otros continuarían. El relato deja entrever que Jesús necesitó este momento de encuentro con alguien que le diera ánimo, y la ternura del Padre hacia él, que no lo deja solo en la prueba.

En cuanto a los tres discípulos, en la segunda escena del relato, quedan completamente sobrepasados por el evento. El sueño los invade, como queriendo decir que no bastan los sentidos ni el razonamiento ordinario para comprenderlo: todas sus herramientas de entendimiento son superadas, se repliegan, se muestran inadecuadas. Solo queda el sueño, quizá como el que embargó al primer hombre, Adán, cuando Dios creó a la mujer: un misterio que lo sobrepasaba. Su despertar es asombro ante la belleza de lo que contemplan. Renacen como niños listos para lo nuevo.

Y ahí, sin hacerse preguntas, contemplan la belleza de la visión y solo quisieran no moverse más. ¿Cómo expresarlo sino con el lenguaje concreto de tres tiendas construidas para los tres personajes? Pedro se atreve a proponerlo: no sabe lo que dice, pero no importa si sus palabras son inadecuadas, pues habla su corazón. Jesús sabe que Pedro siempre se lanza, que se atreve a hablar.

La tercera escena, inesperada, incluye ahora también a los tres discípulos, mientras los dos testigos desaparecen. Jesús está nuevamente solo, con ellos, sus compañeros en la tierra, amigos, sí, pero tan lentos para entender y frágiles ante el miedo. La nube envuelve a Jesús y a ellos en un único abrazo. El Padre abraza al Hijo y a sus hijos adoptivos, amados. Él es el único que habla y, una vez más, después del bautismo, indica la identidad del Hijo: es el dilecto, el amado. Y señala el camino a seguir: es escuchándolo a él como Pedro, Santiago y Juan, y toda la humanidad, harán la voluntad del Padre y se convertirán plenamente en sus hijos.

Es el momento en los Evangelios en el que la relación de Jesús con el Padre se muestra con especial claridad a los discípulos. Décadas después, Juan revelará este secreto oculto de Jesús, que le permitió mantenerse firme hasta el final: «No estoy solo, porque el Padre está conmigo», son sus últimas palabras a los discípulos antes de la pasión (Jn 16,32).

Los discípulos descienden con Jesús al valle donde todo sucede, el valle de lo cotidiano, del esfuerzo y la alegría, de la búsqueda oscura de fidelidad y del sufrimiento que esta conlleva, el valle donde se encuentra una humanidad afligida y atribulada, ovejas con muchos jefes y ningún pastor, un pobre rebaño hambriento entre lobos saciados y siempre ávidos… Será una visión que llevarán en el corazón, para que, a través de la perseverancia, también a ellos y a nosotros se nos conceda subir nuestra montaña y, quizá, en medio del aparente fracaso total, convertirnos en tierra fértil de la que el Padre hará brotar una flor.

  • Teresina Caffi
  • 14 Marzo 2025
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