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Misioneras de María
XAVERIANAS

Podcast

Sobre tu Palabra


¡Sobre tu PALABRA!

En el relato que acabamos de leer y escuchar, percibimos una experiencia de derrota por parte de Pedro y sus compañeros, una gran frustración y un sentimiento de fracaso en el único oficio que sabían hacer: pescar.

Los invito a dejar volar la imaginación para comprender dos cosas:

La primera es el cansancio y la desilusión, el trabajo duro sin resultados, la vergüenza de presentarse ante quienes esperan algo de ti y no tener nada que ofrecer, llegar con las manos vacías. Todos hemos vivido esta escena alguna vez, una sensación desagradable de vacío y humillación que incluso puede llevarnos al aislamiento.

Jesús, mientras sigue hablando, nota a aquel hombre atrapado en sus pensamientos, un poco distraído, no tan interesado como la multitud que lo rodea. No ignora lo que pasa en el corazón de Pedro y elige subirse a su barca, pidiéndole que se aleje un poco de la orilla, de todo lo que invade su día a día, para "hacerle espacio". Casi como si quisiera ayudarlo a no ser tragado por la multitud: "Le pidió que se alejara un poco de la tierra". Él, Dios, viene a suplicarnos que nos abramos a la esperanza, a la libertad y a la novedad, precisamente desde esa barca vacía en la orilla. Con su pedagogía, pesca a la persona a través de gestos aparentemente banales y automáticos: es en los acontecimientos cotidianos donde Él se revela.

Por otro lado, Pedro arregla sus redes con un sabor amargo en la boca, escuchando diversas voces internas y, en medio del abatimiento, percibe y obedece la única VOZ que lo anima a confiar nuevamente, a pesar de que lo que se le pide parece imposible: «Rema mar adentro y echen las redes para pescar». Es una invitación a asumir la responsabilidad personal, pero dejando que otros lo ayuden, lanzando juntos las redes. Simón responde: «Maestro, hemos trabajado toda la noche y no hemos pescado nada; pero sobre tu palabra echaré las redes». Una vez más, hay un juego de roles entre lo personal y lo comunitario. Jesús lo impulsa a experimentar lo “nuevo” en el momento del fracaso y, al mismo tiempo, lo anima a compartirlo con los demás. Parece un contrasentido: que sea justamente en la frustración donde Jesús nos haga descubrir la novedad y el potencial de nuestros talentos, cuando obedecemos al poder de su Palabra encarnada en nuestras derrotas y cuando lo hacemos en comunión con los hermanos y hermanas. Esas mismas redes que antes no servían ahora, con nuestra disponibilidad a Él, vuelven a ser útiles, es más, hacen el milagro.

La segunda reflexión es la confesión de Pedro, quien, arrodillado ante Jesús, exclama: «Señor, aléjate de mí, que soy un pecador»… como si Él no lo supiera. Pedro se da cuenta de la distancia entre la extraordinaria figura de Jesús y su propia fragilidad, y quisiera apartarlo. Pero el Señor mira el pecado de manera diferente a como lo hacemos nosotros. La estrategia de la salvación consiste en encontrar una conciencia que se arrodille, porque es ahí donde reconocemos que, por nosotros mismos, no podemos hacer nada. Este es el trampolín que nos acerca a su Omnipotencia Misericordiosa.

La conciencia del pecado nos coloca en humildad ante Él, para que podamos empezar de nuevo y estar disponibles para esta gran misión: Jesús dijo a Simón: «No temas; de ahora en adelante serás pescador de hombres». Y, llevando las barcas a tierra, lo dejaron todo y lo siguieron. Una vez más, aunque la llamada es un encuentro personal, en la soledad del propio corazón, inmediatamente se pone en relación con los demás, en un discipulado en comunión, como la Iglesia nos pide vivir especialmente en este camino sinodal.

El Señor no nos pide simplemente ser nosotros mismos, sino que nos impulsa a vivir en plenitud nuestra identidad como hijos de Dios. ¡Esa es la vida nueva! Y solo es posible para quienes dejan la guía en manos del Espíritu Santo, convencidos de que solos no podemos y de que nadie se salva solo, sino juntos.

  • Silvia Marsili
  • 08 Febrero 2025
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