Pero ellos no comprendían estas palabras y tenían miedo de PEDIRLE explicaciones... Les preguntó: '¿De qué discutían por el camino?' Y ellos callaban. En efecto, por el camino habían discutido entre ellos quién era el más grande". Normalmente, quien no entiende pregunta, pide explicaciones. Pero aquí, el miedo, además de hacerlos sordos, también los hace mudos. Sus discípulos tienen ese espíritu que, en el pasaje anterior, no podían expulsar del muchacho. Jesús, aunque acompañado por los suyos, en realidad está solo, no es comprendido por quienes están más cerca de Él. Así que se comunica con un gesto, como se hace con los sordomudos: quiere desenmascarar al demonio mudo, que cierra a los discípulos a la Palabra insinuando otra palabra, una palabra de poder que confunde la grandeza con el éxito y permanece en silencio ante la debilidad, el límite y la entrega al otro.
Jesús toma a un niño, lo pone en medio y lo abraza, invitando a hacer lo mismo. Todas las veces que en una casa hay una persona más frágil, ésta trastorna nuestra vida. Ante una debilidad evidente, se hace una elección: uno se involucra o toma distancia. Sin embargo, si es acogida, inevitablemente es puesta en el centro de nuestro interés y afecto, como un niño, una persona con discapacidad, un anciano o un enfermo. Jesús simplemente realiza un acto humano y al mismo tiempo profético, hace explícita una realidad común y, a través de ella, anuncia el reino de Dios, la semejanza con Él y con el Padre. Ciertamente, la realidad de la fragilidad desconcierta, implica sufrimiento y sacrificio, trastorna los valores de éxito y fuerza, y nos enfrenta con la impotencia en el amor. Vivimos en una sociedad que tiene fobia a todo esto, donde se trata de silenciar los gritos, las lágrimas y las heridas de quienes sufren, porque nos recuerdan la condición creatural impresa en nuestra carne, que, en cambio, debería ser habitada con sabiduría y esperanza, porque no es la vocación última de nuestra existencia, sino que despierta la pregunta y la nostalgia.
Jesús no apaga nuestros sueños de ser "grandes", pero los voltea: "Si alguien quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos". En la obra de Emil Nolde “Cristo y los niños” (1910), se muestra inclinándose hacia los niños, enseñándonos a entrar en la lógica de la pequeñez, de la gratuidad, viviendo del don acogido y re-donado. Esa espalda inclinada es la misma del siervo que se agachará para lavar los pies de los apóstoles y que, poco después, se doblará bajo el peso de la cruz. El mismo Jesús se hace niño entre los niños, porque Él vive ese estado de filiación radical, gozoso y liberador hacia el Padre, y Él mismo, entonces, es el hijo a quien acoger.
No temamos el límite, no permanezcamos mudos ante él, porque es lo que nos abre a la necesidad del otro, al vínculo entre lo finito y lo infinito del que estamos hechos, recordándonos que, antes que nada, somos "hijos", que podemos abandonarnos a su cuidado paternal y descansar en su abrazo maternal, llenos de confianza, aun enfrentando el dolor y la muerte, porque creemos en la resurrección: "Estoy tranquilo y sereno, como un niño destetado en los brazos de su madre, como un niño destetado está mi alma" (Sal 130)."**
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Antonella del Grosso
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20 Septiembre 2024
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