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Misioneras de María
XAVERIANAS

Podcast

Invitación de Jesus a la sinceridad


El pasaje del evangelio de Marcos de este domingo relata una discusión que surgió entre Jesús y sus adversarios, los fariseos y los doctores de la ley.  Marcos describe a sus lectores algunos aspectos de la cultura y hábitos religiosos de los judíos en la época de Jesús, "... los fariseos y todos los judíos aferrados a la tradición de los mayores, no comen sin haberse lavado cuidadosamente las manos " (Mc 7,3-4). Para un judío era un acto religioso, un signo de la voluntad de permanecer sin pecado en fidelidad a la ley de Dios.

Jesús compara los hábitos con la ley de Dios: lo que Dios ordenó es mucho más importante y, si no lo hacen, todas sus tradiciones son sólo un signo de su hipocresía. Ustedes honran a Dios sólo con sus labios, pero su corazón está lejos, es decir, no hay sinceridad (cf. Mc 7,6-7).

El libro del Levítico enumera una serie de animales que son tabú para el pueblo santo de Dios; comerlos significaba volverse impuro y, por tanto, excluirse de participar en el culto de Dios (cf. Lev 11). Jesús no cuestiona la voluntad del bien, sino la manera de concebir lo puro y lo impuro. ¿Qué es lo que realmente hace que el hombre sea impuro, es decir, no disponible para Dios?   “Ninguna cosa que entra en el hombre puede hacerlo impuro; lo que lo hace impuro es lo que sale de él. Y luego explicaba: Lo que sale del hombre, eso lo hace impuro: la impureza, el robo, el asesinato, el adulterio, la avaricia..." (7, 15.20s). Cuando la tradición es un obstáculo para el bien, debe ser superada. El discípulo es la persona que se renueva cada día, está siempre disponible al cambio.

Aceptar a Jesús no es fácil. Es necesario cambiar nuestra mentalidad, es decir, someter cada día nuestro corazón, nuestros pensamientos, palabras, elecciones y acciones al discernimiento para evaluar su autenticidad. Como ya lo fue en tiempos de Jesús, corremos el riesgo de anular la palabra de Dios, el mandamiento divino del amor, para poner en su lugar nuestros gustos, nuestras conveniencias, nuestros deseos personales; pensando incluso que todos los males vienen de fuera, del comportamiento de los demás, de quienes piensan mal de nosotros, de la sociedad, de quienes gobiernan, de la mala suerte, etc.

Las palabras de Jesús son claras, pero los discípulos no entienden y cuando están a solas con él, lejos de la multitud (cf. 7,18), le piden explicaciones; lo que no aceptan es lo que estas palabras exigen de sus vidas. Se trata de desechar ciertas tradiciones y no sólo comportarse como no judíos al comer.  Jesús está derribando las barreras levantadas por los padres y sus palabras afirman un universalismo que los discípulos sólo comprenderán después de la resurrección, cuando se encuentren evangelizando el mundo.

Vivimos en un período de continuas transformaciones y de peligro para la autenticidad de la fe. La fe no se defiende levantando vallas, sino con la oración, la reflexión y celo apostólico.

Jesús nos enseña a vivir en feliz armonía el doble mandamiento del amor a Dios y al prójimo y nos invita a mirar la vida y el mundo a partir de nuestro corazón, pidiéndo a Dios que lo purifique para que cree en nosotros un corazón puro y renueve un espíritu firme (cf. Sal 50, 12) para hacer el mundo más limpio.

  • Lupita Pacheco
  • 31 Agosto 2024
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