El domingo pasado, en el pasaje que precede al evangelio de hoy, escuchamos cómo Jesús, con cinco panes y dos peces ofrecidos valientemente por un niño, alimentó a una multitud de cinco mil hombres, sin contar a las mujeres y los niños, que, en la época de Jesús, como en varios países de África hoy en día, son tantos que es imposible contarlos.
Jesús, con una sola mirada, sintió la necesidad de esa gente, su hambre material y espiritual. Se preocupa, se deja conmover...
Nos mostró una forma de mirar el mundo, el vecindario, el edificio, las personas con las que vivimos y trabajamos, que implica tenerlas en el corazón y cuidarlas. Una mirada que es una verdadera salida de nosotros mismos para darnos cuenta de las necesidades de los demás: de cuidado material, de afecto, de comprensión, de escucha... estamos en esta tierra para proyectarnos fuera de nosotros mismos, para reconocer el hambre de vida que hay en este mundo y poner a disposición lo que somos y tenemos.
Vale la pena entregarse por el hambre de nuestros hermanos y hermanas, donar nuestro tiempo, nuestra vida. Nuestros dos panes y dos peces.
En el evangelio de este domingo, Jesús nos indica que, para hacerlo, es necesario permanecer unidos a la fuente, al alimento que no perece.
La multitud alcanza nuevamente a Jesús desde el otro lado del lago, lo busca, porque ha experimentado ser alimentada y saciada con el alimento que Él les ha dado.
"Ustedes me buscan no porque han visto señales, sino porque han comido de esos panes y se han saciado".
Jesús dialoga con estas personas, las hace reflexionar sobre la experiencia de saciedad que han tenido con Él y se presenta como el pan enviado por el Padre para ser alimento que sacia: "el pan de Dios es aquel que desciende del cielo y da vida al mundo".
Nos revela el rostro de un Dios que no solo tiene en cuenta nuestra hambre, sino que se da a sí mismo gratuitamente para satisfacerla. Un Dios que no viene a tomar, sino a dar y a darse: "Yo soy el pan de vida".
Dejarse alimentar por Él no es una experiencia aislada, sino una fuente, un banquete siempre listo y disponible al que nos invita: "el que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed, ¡nunca!"
Si realmente queremos hacer algo por nuestros hermanos, por nuestro mundo, debemos dejarnos nutrir por Él, buscar el alimento que verdaderamente sacia, permanecer unidos a la fuente de la verdadera vida.
¡Y es también el mejor regalo que podemos hacer a las personas que amamos, cercanas y lejanas: cuidar nuestra relación con Él, su vida en nosotros!
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Elisa Lazzari
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02 Agosto 2024
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