Estamos en el texto de la multiplicación de los panes, el cuarto signo del evangelio de Juan. El relato comienza anunciando que Jesús deja Jerusalén y se dirige «a la otra orilla del mar de Galilea», tierra de paganos. Jerusalén se había convertido en un lugar en el que las personas eran oprimidas y explotadas por el imperio romano. De esta manera, la multitud, siguiendo a Jesús, deja la tierra de la opresión y la explotación.
En realidad, esta multitud que sigue a Jesús, saliendo de Jerusalén, toma el camino opuesto. Se acercaba la fiesta de Pascua y cada judío debía ir a Jerusalén para celebrar el recuerdo de la liberación de Egipto, pero ya no era una fiesta de libertad y vida para el pueblo. De esta manera, Jesús preparó un escenario nuevo para celebrar la verdadera Pascua liberadora. La multitud ve cómo Jesús comunica la vida a los débiles, ve los signos que realiza y se siente atraída por la esperanza. En el tiempo del desierto, el pueblo sufría hambre. Aquel que da la vida se preocupa por lo necesario para vivir y se acerca a ellos.
Jesús provoca a sus discípulos y pregunta: ¿Cómo satisfacer el hambre de esta gente? La respuesta de Felipe revela consternación: "Ni siquiera doscientos denarios (medio año de trabajo) serían suficientes". Se vuelve imposible para los discípulos satisfacer las necesidades de los pobres, Felipe expresa su impotencia, no puede hacer nada. Luego, aparece Andrés, cuyo nombre significa humano. Él propone una solución diferente y concreta, usando los medios que tienen a disposición, pero el resultado es decepcionante: «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces. Pero, ¿qué significa esto para tanta gente?» No cree que sea suficiente para todos.
La solución no está en el dinero, sino en una dosis de humanidad y compartición. El muchacho representa a todas las personas generosas, desapegadas de la posesión, dispuestas a servir y compartir. Cuando cada uno comparte lo que tiene, el resultado es fantástico, todos comen y aún sobra en abundancia. De hecho, las doce cestas llenas que sobran se asemejan a las doce tribus de Israel, es decir, a todo el pueblo de Dios.
Jesús ordena a los discípulos que digan a la gente que se sienten. En ese tiempo, solo las personas libres se sentaban a comer. El gesto de sentarse, por lo tanto, funciona como una toma de conciencia de la propia dignidad y libertad. El signo realizado por Jesús manifiesta el amor de Dios, que da a cada persona independencia y dignidad.
Este texto evangélico nos invita a movernos, a salir de nuestra zona de confort. Abandonar lo que oprime nuestra sensibilidad humana, realizar nuestro éxodo y redescubrir nuestra dignidad y libertad. Solo tomando conciencia de nuestra dignidad humana podemos ayudar a otras personas a redescubrir su propia dignidad.
A menudo nos identificamos con Felipe y Andrés que, frente a una dificultad, se sienten impotentes y desanimados. Sin embargo, la multiplicación de los panes y los peces nos enseña que, poniendo lo que tenemos en las manos de Cristo, lo poco se convierte en abundante, los recursos insuficientes se vuelven más que suficientes, provocando el milagro de la vida compartida.
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Abigail Martinez
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26 Julio 2024
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