El evangelista Marcos, en este XV domingo del Tiempo Ordinario, narra el envío de los doce a quienes se les confía la misma misión de Jesús, con el poder sobre los espíritus inmundos. Marcos no describe en detalle en qué consiste la misión: qué deben decir o qué deben hacer, sino cómo deben ser. El Evangelio se detiene en los requisitos esenciales que deben tener los enviados, liberados y disponibles para servir únicamente la Palabra. Así, no necesitan: ni pan, ni alforja, ni dos túnicas, ni dinero en el cinturón, sino únicamente el bastón, útil para sostener el camino de quien lleva la palabra, y de ella se deja llevar. ¿Y esto, por qué? Porque la palabra acogida libera de cualquier tipo de ataque egoísta y nos convierte en testigos creíbles. Todo lo que no está al servicio de la palabra representa un poco todas nuestras seguridades materiales y humanas, las cuales quitan fuerza y credibilidad a la Buena Noticia.
El evangelista Marcos nos invita a ponernos en camino, movidos por una palabra que cada uno de nosotros ha acogido en su corazón, después de una atenta escucha; y por esta palabra nos dejamos cambiar la vida. Solo a partir de esta experiencia, podemos llevar un mensaje de vida, que como nos recuerda el papa Francisco: tiene una potencialidad que no podemos prever (EG 22).
Los discípulos son enviados de dos en dos, en equipo misionero, conforme al uso judío, y practicado también en la primera comunidad cristiana. No se garantiza el éxito de la predicación y misión. El mismo Jesús, durante todo el itinerario formativo, nunca engañó a sus discípulos: "Si me han perseguido a mí, también a ustedes los perseguirán; si han escuchado mi palabra, también escucharán la de ustedes" (Jn. 15, 18-20).
El gesto de sacudir el polvo de los sandalias, dirigido a aquellos que no acogen la buena noticia, expresa la seriedad de la misión. No debe desanimar al enviado, quien, a través del rechazo, expresa la comunión de misión con quien lo ha enviado.
Entonces, como el profeta Amós (primera lectura), nos dejamos alcanzar por un llamado, en nuestra cotidianidad, sin ser ni profeta, ni hijo de profeta. Nos ponemos en camino, al servicio de la palabra, cumpliendo incluso una misión incómoda, pero que se pone al servicio de la vida, de quien es enviado y de quien acoge.
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Laura Littamé
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12 Julio 2024
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