Después de las últimas grandes fiestas, Pascua, Pentecostés, Santísima Trinidad, Cuerpo y Sangre de Cristo, el Evangelio de Marcos, tan concreto y sobrio, nos vuelve a poner con los pies en la tierra. La Palabra de este domingo retoma lo esencial, lo cotidiano, la casa, las relaciones.
Jesús llamó a los doce discípulos para vivir con él y colaborar en el anuncio de la venida del reino de Dios. La palabra autoritaria de Jesús y su actividad de cuidado y sanación de los enfermos atraen a mucha gente, que quiere escucharlo y verlo.
Sin embargo, la actividad de Jesús preocupa a su familia de sangre y también a su comunidad religiosa: está diciendo y haciendo cosas extravagantes, contra el sentido común, contra la lógica simple de Nazaret: sinagoga, taller y familia. Sus parientes lo consideran “fuera de sí”, loco; los expertos en las escrituras no niegan que Jesús realice una obra de liberación, pero piensan que lo hace como un poseído: en él actúa el jefe de los demonios, Belcebú. Por eso, desde Jerusalén llega una comisión de investigación de teólogos y desde las colinas de Galilea bajan los suyos para llevárselo.
Para Jesús es un momento de fuerte rechazo e incomprensión. Sin embargo, su lógica y su pedagogía sorprenden: mediante un lenguaje parabólico desenmascara a quienes lo acusan; sin juzgar, explica, abre nuevos horizontes. En Jesús no hay ambigüedad, él es más fuerte que el mal, él es la luz que vence a las tinieblas.
El Evangelio no esconde que durante el ministerio público de Jesús, también las relaciones con su madre y toda su familia están marcadas por enfrentamientos, incomprensiones y distancia. Destaca uno de los momentos más dolorosos de la vida de María: “¿Quién es mi madre?” Palabras duras que hieren el corazón, parecen un desconocimiento. La única vez que María aparece en el Evangelio de Marcos es como una madre rechazada. Pero no es así. María, con su “Sí”, es madre de Cristo en la fe antes que ser madre en la carne. Esta maternidad subraya su vínculo en el plan de Dios, una relación que va más allá del vínculo de la carne. Y esto también vale para nosotros: cuando estoy en comunión con Dios estoy en comunión con todos los santos, los profetas, los amigos cercanos y lejanos, los padres que ya no están. Cuando no estoy en Dios no estoy en comunión con quienes me rodean, ni siquiera conmigo mismo; no soy capaz de amar verdaderamente.
Marcos también cuenta que la madre y los hermanos de Jesús llegan a la casa donde él se encuentra y, estando fuera, mandan a llamarlo. Se quedan fuera, es decir, fuera del espacio de Jesús.
Quieren encontrarlo pero no se acercan, “no entran en su entorno”. Jesús, por su parte, dice con fuerza: «El que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre».
Declara conocer y vivir los lazos de una nueva familia, la comunidad de discípulos, lazos que no nacen de la carne o de la sangre, es decir, de la historia familiar, sino de realizar el sueño de Dios para cada uno de nosotros: escuchar la voz de su Hijo. La proximidad y la familiaridad con Jesús se basan en escuchar su palabra y vivir la fraternidad en el vínculo del amor como hijos e hijas de un único Padre.
Este domingo estamos llamados a salir de nosotros mismos, salir de cualquier dependencia, construir relaciones auténticas y entrar en la vida verdadera y plena con Jesús.
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Cecilia Zafferri
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07 Junio 2024
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