«… En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo». Mateo es el único autor del Nuevo Testamento que nos da esta fórmula sintética, en la cual hemos sido bautizados y que ha resonado un número inmenso de veces en los labios de los cristianos a lo largo de los siglos: para confesarla, no pocos han aceptado morir; ha marcado para muchos el despertar, ha precedido una acción importante, ha iniciado una oración, ha concluido el día. Ha sido el último signo de muchos moribundos que a ese Dios se abandonaban.
También nosotros la repetimos mientras trazamos sobre nosotros una cruz, aunque a veces, por la prisa, se convierte en un garabato y las palabras salen distraídas. Y, sin embargo, allí está la síntesis de nuestra fe, incluso el criterio de verdad de los libros del Nuevo Testamento: porque esta fórmula ha precedido los escritos, en ella han nacido los nuevos discípulos de Jesús.
Sí, creemos en el Dios que es Padre, es Hijo, es Espíritu Santo. Agradecemos a la Iglesia por proponernos este recuerdo precisamente al final del largo ciclo pascual, para pensar en los Tres, distintos y, sin embargo, en una comunión tan profunda que son el único Dios. Como en una familia, a veces es bueno detenerse y preguntarse si nuestro amor no ha tomado una única dirección, dejando a otros en el olvido: si al amar a los hijos, amamos también al esposo o la esposa.
No tres épocas distintas – del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo, como han pensado ciertos teólogos – sino una acción concomitante, un Dios comunión en acción para hacer, existir y conducir y reconducir a sí mismo el mundo. Aquel que nos ha salvado era el enviado del Padre y su salvación nos llega a través del Espíritu suyo y del Padre. Vivimos para la gloria del Padre – ese es el propósito de nuestra vida – con y a través de Cristo, en la vitalidad del Espíritu Santo.
Este es el Dios que somos enviados a anunciar: ser discípulos para contagiar a otros, a serlo. Y la primera manera es ser su imagen viviente: una comunión en la diferencia, para vivirla como comunidad familiar o religiosa, como grupo, como parroquia, como iglesia, incluso como mundo. Un impulso hacia la comunión capaz de abrazar dejando existir las diferencias.
Entonces en nuestros labios podrá aparecer creíble el anuncio: Dios es uno, y es Padre, es Hijo hecho carne, es Espíritu de Jesús y del Padre, que anima, transforma y conduce al Padre. Tomémonos el tiempo de dirigirnos a cada uno, al uno o al otro precisamente.
A estos Tres en perfecta comunión nos presentamos hoy como un mundo fracturado y amenazado por conflictos aún más graves. No en vano, Jesús murió para reunirnos en la unidad: era la empresa más difícil. Que ella, por la fuerza de su Espíritu, pueda lograrlo, al menos en nosotros: que nunca levantemos muros contra nadie, sino que, incluso cuando otros los levanten, sepamos que permanecemos del otro lado esperando una tímida señal para derribarlo y dar el deseado abrazo.
-
Teresina Caffi
-
25 May 2024
-
Visto 199 veces

