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Misioneras de María
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Pongo mi arcoíris sobre las nubes


La página del Génesis que marca el comienzo de la Cuaresma de este año se basa en un símbolo muy evocador: el arcoíris. Estamos en la última parte del capítulo 9, donde concluye la experiencia dramática del diluvio y el arcoíris, que aparece en el cielo ya despejado de nubes, sella un pacto entre Dios y la humanidad: Dios promete no volver a destruir la tierra. Es la segunda vez que el mundo es, por así decirlo, creado de nuevo. El primer relato de la creación estaba marcado por la complacencia de Dios ante sus obras, principalmente el hombre y la mujer. Poco después, las cosas cambian radicalmente: la desobediencia de los primeros padres, el homicidio de Caín, son solo el comienzo de la crisis. La maldad y la violencia comenzarán a extenderse por el mundo hasta corromperlo por completo.

Ante este drama, Dios se arrepiente de haberlo creado y reconoce en su corazón que no hay otro remedio que volver a hacerlo, comenzando de nuevo desde donde comenzó, es decir, desde el abismo, donde las aguas sobre el firmamento y las aguas debajo de la tierra, según la cosmología de la época, estaban fusionadas sin espacio alguno para la tierra firme. El diluvio habría cubierto todo y por el tiempo necesario para hacer morir toda forma de vida. El mal debía ser erradicado y con él, la humanidad. Pero junto a este plan destructivo, a la violencia del hombre, ¡Dios respondería con una violencia aún mayor! Dios implementa un proyecto de vida que él mismo llevará adelante minuciosamente. Ve que en la tierra no todos estaban corrompidos, un hombre, Noé, "encontró gracia ante los ojos del Señor". Solo la "gracia", el favor gratuito e inmerecido, puede dar esperanza frente a una situación de pecado tan grave. Por un lado, la ira divina que amenaza con la muerte y la destrucción, por otro lado, su amor gratuito que se dirige a un solo hombre, sin mérito por su parte. Desde aquí se reiniciará la historia de la humanidad.

La construcción del arca, realizada según los estrechos dictados de Dios, se convierte en el lugar del renacimiento, al igual que lo fue el cesto de mimbre (el nombre es el mismo, tebah) donde Moisés encontró salvación en las aguas amenazadoras del Nilo. Este habitáculo flotante contiene en sí mismo la semilla de una nueva vida: Noé, su familia, parejas de animales y la comida necesaria para vivir. La imagen de Dios flota sobre la destrucción del antiguo mundo corrompido por la violencia. Finalmente, Dios "recuerda" a Noé y hace que el diluvio termine. "Recordar" es más que recordar, es cuidar de las personas o situaciones que nos importan. Dios recuerda a Noé porque en él salva el futuro del mundo. La razón por la que pretende hacerlo es la misma que había motivado su voluntad punitiva. Dios salva al hombre precisamente por su pecado: "No volveré a maldecir la tierra a causa del hombre, porque el corazón del hombre es inclinado al mal" (8,21). El mundo continúa existiendo tanto por la voluntad salvífica de Dios como por la presencia de hombres y mujeres justos que celebran su culto.

Después del juicio sobre el mal, la tierra comienza a emerger del agua como al principio de la creación. Para celebrar el regreso a la vida, Noé sacrifica un animal a Dios, quien, al percibir su dulce olor, decide no volver a destruir a la humanidad. Pero en los primeros días de la creación no había violencia en la tierra. El hombre y las bestias comían hierba, cada uno según su especie. Ahora ya no es así. La violencia ha entrado en el mundo y Dios lo reconoce, permitiendo al hombre comer carne, hacer sacrificios, preservando la sacralidad de la vida a través de la prohibición de comer carne con sangre. Así llegamos al sentido de esta maravillosa narración. El arcoíris que atraviesa el cielo y se une a la tierra sella el compromiso de Dios de no volver a destruirla nunca más, sin pedir a la humanidad ningún signo de arrepentimiento. La unilateralidad de este compromiso se destaca por la eternidad del pacto mismo. Todo depende aquí de la acción gratuita de Dios y no de la del hombre.

  • Virginia Isingrini
  • 16 Febrero 2024
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