Jesús comienza a proclamar la buena noticia. Anuncia que "el tiempo se ha cumplido y el reino de Dios está cerca" y añade la invitación a recibir todo esto: "arrepentíos y creed en la buena noticia". Una predicación tan concisa y tan densa... Anuncia un cumplimiento que concierne al transcurrir del tiempo. En la vida de todos nosotros, en el fluir de los días, hay eventos que marcan un antes y un después: el nacimiento de un niño, un logro alcanzado, un compromiso de por vida... o quizás de manera más intensa una enfermedad grave, un duelo, un accidente, una separación, una perturbación de lo que parecía tranquilo.
Aquí es donde el reino de Dios se acerca: la soberanía de Dios irrumpe en nuestra vida, mostrándonos que no somos nosotros quienes gobernamos, disponemos o programamos... En la vida de cada uno, esto sucede repetidamente, a través de estos cambios, la misericordia de Dios nos reubica y nos ofrece la gran oportunidad de dejarnos guiar. Las palabras de Jesús son una invitación a recibir esta irrupción de Dios como un niño que se abandona en los brazos de quien lo ama (cf Sal 130).
Porque en cualquier caso, el Reino le pertenece, ya sea que lo reconozcamos o no. "Arrepentíos", déjense cambiar, déjense reorientar hacia Él. "Creed en la buena noticia", confíen en que Dios sabe lo que hace, tengan fe. Cuando el Señor toma la iniciativa, es para obtener un bien mayor. De nuestra parte, para no sufrir todo esto, sino para dejarnos salvar, es necesario alimentar la confianza en Él. Como los cuatro pescadores a quienes Jesús invita a seguirlo. Nos muestran que la irrupción del reino de Dios siempre es un llamado a convertirse en discípulos e hijos. Su trabajo como pescadores tal vez los había acostumbrado a dejarse sorprender por lo inesperado, porque lanzar las redes significa no tener control sobre el resultado, nunca saber si se encontrarán o no con un banco de peces. Ante la irrupción de Jesús en sus vidas, responden con prontitud, sin dudar.
"Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron... dejaron al padre Zebedeo en la barca con los empleados y lo siguieron". Son llamados a entrar en la misión misma de Jesús, no como protagonistas, sino como hombres que se dejan transformar, trabajar... "haré de ustedes pescadores de hombres". Jesús les propone algo impensado que abre horizontes infinitos: pescar hombres. Si para el pez el agua es su entorno de vida, no es lo mismo para el hombre. En la simbología hebrea, el mar es símbolo del mal, del peligro, de la muerte y de todo lo que el hombre no puede controlar.
Entonces, pescar hombres significa sacarlos del entorno de muerte en el que están inmersos. Jesús nos toma tal como somos y con lo que sabemos más o menos hacer para reinar en nuestra vida y en la de nuestros hermanos. Pescar hombres, salvarnos del pecado y la muerte es su obra, nos pide que lo sigamos. Él es el verdadero pescador: posa la mirada y llama a seguirlo, como una red lanzada. Así que, si aceptamos que lo que nos sucede siempre es un llamado, nos encontramos también pescados. Pescados del mar de nuestra autosuficiencia e ilusión de estar al mando de nuestra existencia.
Señor, cuando irrumpes en nuestra vida, trastocando algún proyecto o intento de tener todo bajo control, cambiando las cartas sobre la mesa, haz que te recibamos con prontitud y confianza: eres tú quien reina siempre, pero de nuestra parte, podemos unirnos a la danza, entregándonos a ti, o sufrir todo con tristeza y victimismo. En cualquier caso, de una u otra manera, eres tú quien nos pesca, porque "en todas partes y siempre, gobiernas con poder, dispones sabiamente, provees amorosamente" (P. Giacomo Spagnolo).
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Elisa Lazzari
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19 Enero 2024
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