El pasaje evangélico que la Liturgia nos presenta hoy está tomado del mandato misionero del cual escuchamos el comienzo en el Evangelio del domingo pasado. En ese hermoso pasaje, Mateo nos presenta a Jesús, quien, movido por compasión hacia las multitudes, llama a sus discípulos, les otorga sus poderes y los envía a anunciar el Reino de Dios.
El texto de hoy comienza con una exhortación: "no tengáis miedo..."
Jesús sabe que su Evangelio encontrará oposición, rechazo.
Que la difícil misión confiada a los discípulos estará marcada por la persecución. Los discípulos deberán dar testimonio de Cristo con la proclamación de la Palabra y con el testimonio de vida, incluso a costa del sacrificio.
No tener miedo significa tener el coraje de proclamar la palabra de Cristo desde los tejados: la Palabra de verdad que desenmascara mentiras y subterfugios. Una Palabra que debe ser proclamada a todos. Cada persona tiene el derecho de conocer el mensaje de salvación. Un mensaje que no puede ser encadenado o mantenido oculto, incluso si encuentra rechazo y muerte.
"No tengáis miedo", repite Jesús a sus amigos, "¿Acaso no se venden dos gorriones por una moneda? Sin embargo, ni uno solo de ellos caerá a tierra sin el consentimiento de vuestro Padre. Y aun los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. Así que no tengáis miedo; vosotros valéis más que muchos gorriones..."
Son palabras reconfortantes que Jesús dirige a los suyos, instándolos a confiar en el amor de Dios, que es Padre y cuida de sus criaturas, incluso de las más insignificantes.
Vencer el miedo, depositando confianza en el mensaje que el discípulo mismo está llamado a anunciar. Confianza en Cristo, quien pide ser reconocido ante los hombres, es decir, dar testimonio de Él como la única y verdadera salvación del mundo; Él es esa verdad que debe ser proclamada desde los tejados... y es la condición para ser reconocidos ante su Padre que está en los cielos.
Nosotros, como cristianos, por el poder de nuestro Bautismo, también estamos llamados a contribuir, aunque a veces sea difícil. En la complejidad de nuestros días, se necesita un testimonio fuerte. En la indiferencia de nuestro mundo, se necesitan testigos creíbles y valientes. Pero la fuerza de este testimonio solo nace del encuentro personal con Cristo.
Leo y releo esta página del Evangelio: tus palabras, Señor, son exigentes pero tan verdaderas y relevantes incluso en nuestros días. En muchos de nuestros entornos es evidente la falta de conocimiento del Evangelio o incluso la indiferencia, e incluso en algunos hay vergüenza de profesar ser creyentes.
Me pregunto: ¿Y yo, Señor? ¿Tendría la fuerza para dar testimonio de ti, para reconocerte si me encontrara en un ambiente hostil a tu mensaje?
Pienso en tantos hermanos que viven en países donde los regímenes prohíben la pertenencia al cristianismo y profesar ser cristianos pone en riesgo toda su vida, llegando incluso a enfrentar la muerte. ¿Cómo decirles a ellos: "no tengáis miedo"?
Quizás, incluso yo tendría miedo de los hombres, de su maldad y de sus acciones homicidas.
Sin embargo, existen, en muchas partes del mundo, hermanos y hermanas que profesan valientemente su fe en Ti, Señor, arriesgando la persecución y la muerte. Pero, ¿de dónde obtienen este coraje y esta fuerza, sino de Ti, oh Señor?
Al releer este Evangelio, siento la fuerza de tus palabras que repetidamente me invitan a no temer y a confiar en el amor del Padre que cuida de todo y de todos: de los pajarillos e incluso de mi cabello..., ¿cómo no cuidará también de sus hijos que viven en el sufrimiento, en la incertidumbre diaria, en la falta de libertad?
Señor, concédeme una fe fuerte
que no vacile ante obstáculos o amenazas;
Señor, hazme una valiente testigo
de tu Evangelio,
¡incluso a costa de la vida!
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Armida Ardemagni
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24 Junio 2023
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