El tercer domingo de Cuaresma nos invita a caminar, a ir al pozo de Sicar, a contemplar y escuchar: Jesús y la samaritana.
El camino de Jesús que realiza de Jerusalén a Galilea es alejarse de la fama, el éxito, la investigación... El camino que lleva al pozo.
La mujer iba al pozo todos los días. Un paso diario. Un andar que es trabajo, esfuerzo. Era su obligación, el trabajo diario: duro, cálido, pesado, monótono. También ese día va con su cántaro a sacar agua del pozo. De lejos ve a un hombre, un viajero. ¿Tiene miedo: puedo acercarme o debo ignorar, estar alerta, estar lista para reaccionar? ¿Puede el extranjero ser un peligro, una amenaza?
Con estas preguntas en su corazón, la sorprende un pedido: "Dame de beber" (4,7). El hombre era judío y descarado, pide agua, ¡el agua de la hospitalidad de una mujer samaritana! La hospitalidad es sagrada: al viajero no se le puede negar el agua, pero se puede discutir: "¿Cómo tú, judío, le pides agua a una mujer samaritana?" (4,9). La pregunta, el cuestionamiento de la mujer, inicia la conversación. Conversación, diálogo que pasa del agua a la vida personal, para desembocar en la religión. Cuando el tema es el agua, la mujer tiene un objetivo claro: hacer su trabajo menos pesado y aburrido, y quizás el judío tiene un secreto, puede darle agua en abundancia sin tener que ir al pozo todos los días.
Estamos junto al pozo con la mujer samaritana y Jesús, preguntémonos: ¿de qué tenemos sed? ¿Qué agua necesitamos? ¿Qué aguas podemos ofrecer? ¿Reconocemos las sed de los demás? ¿Qué aguas pueden ofrecernos?
Jesús tenía sed, tenía agua, la compartió. La mujer samaritana tenía sed, tenía agua, la repartió. Aguas compartidas, aguas que se fusionan, aguas que juntas y anuncian lo nuevo.
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Tea Frigerio
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11 Marzo 2023
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