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Misioneras de María
XAVERIANAS

Celebrando 50 años de Misión y Milagros

María Teresa Gargiulo
388
16 Junio 2024

El último encuentro del Señor Resucitado con los suyos. Ahora no es el maestro que actúa, enseña y cura, sino el Resucitado que pide a los discípulos que actúen, enseñándoles el mandato de continuar su obra. Les confía su obra. Aquí está la grandeza de Dios que confía en sus criaturas. Es Él quien tiene confianza. A nosotros nos toca dar nuestra disponibilidad, así como lo hizo María, no por haber entendido, sino por creer. Ella se puso en camino. Así somos los misioneros, vamos por la fe, quien hace obras grandes es el Señor.

Hoy quiero dar una mirada agradecida a lo largo de 40 – 50 años de presencia en esta Iglesia de México y en la Huasteca de Hidalgo, de las Misioneras de María y mía propia, y dejarme asombrar por el actuar de Dios en esta parte de la humanidad, mi pueblo de adopción.

Lo primero, para mí, fue el trabajo con los jóvenes en Guadalajara, donde aprendí junto con ellos el camino del seguimiento. Aprendimos y crecimos juntos. Luego, la gran sorpresa de la misión en la Huasteca hidalguense, misión de Santa Cruz, nuestro sueño y nuestra esperanza. Otra inmersión en la realidad, que tuvo que ser “un renacer de nuevo” (Jn. 3, 7b): cultura, idioma, fe sencilla y profunda, del ser y no del entender. Desde esa sencillez y fe vivida, luego leía el evangelio y sentía entenderlo mejor, porque se hacía vida en las personas.

Por ejemplo: el totio Alejandro, un catequista entregado al servicio de su comunidad, como un buen papá, buscando siempre la unidad y la hermandad, sin ahorrar fuerzas para sí. Lo conocí joven y ahora está ya muy abuelo y no ha dejado de dar su servicio. Podría nombrar a otros más con esa misma entrega. Para la atención a los enfermos y familias más necesitadas, en muchas ocasiones, la misma gente ha sido mis ojos, mis oídos y hasta mis pies y manos para llegar a ellos.

Una anécdota: cuando me estaba ocupando de la alfabetización de los adultos, una joven me dijo: “Madre, eso que estás haciendo no es lo más importante. A nuestros papás no les tocó aprender a leer y escribir, pero ahí la llevan. Pero, sí, hay muchos niños que no van a la escuela”. Nos pusimos a visitar las familias de Santa Cruz y encontramos muchos niños sin registrar en el civil, ni los papás lo estaban, y no los llevaban a la escuela también porque les faltaba para el uniforme escolar y los pocos útiles que necesitaban. Con la ayuda de varias personas sacamos cientos de actas y llevamos a los niños a la escuela, prometiendo a los maestros nuestro apoyo para iniciarlos en el aprendizaje, debido a que no entraban a la primaria a los 6 años. De ahí nació el pequeño proyecto de la regularización escolar, tanto para los que iniciaban como para los que tenían dificultad en el aprendizaje.

La misma experiencia me ha tocado para llegar con una persona enferma o una familia necesitada: “Madre, Minga está enferma, ya no come, no duerme, ni habla. Debemos ir a verla”. Dejamos lo que estábamos haciendo y fuimos a verla. De veras la enferma estaba en muy malas condiciones. Con la ayuda de Dios y varias personas de la misma familia, pudimos llevarla al doctor y acompañarla mientras se fue recuperando poco a poco.

Recordando una, me vienen a la mente muchas más: casos de viudas, huérfanos, familias en extrema pobreza. La cercanía a nuestra gente, la disponibilidad y la colaboración han sido los medios para que Dios hiciera maravillas entre nuestra gente. Dios actúa a través de cada uno de nosotros, valiéndose nada más de nuestra disponibilidad.

Ahora, con esta mirada retrospectiva, se me llena la mente y el corazón de agradecimiento y canto con María un nuevo Magníficat, porque siento viva y actual aquella promesa del Resucitado:

“Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”. (Mt. 28, 20)