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Misioneras de María
XAVERIANAS

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Sorprendidos por el Amor


Un banquete de manjares suculentos y vinos excelentes y refinados (Is 25,6); una mesa donde la copa rebosa (Sal 23,5); una fiesta de bodas llena de comensales (Mt 22,1-14): estas son las imágenes anunciadas por la Palabra de este domingo, XXVIII del Tiempo Ordinario, al que somos introducidos por estas palabras de la oración colecta:

«Oh Padre, que invitas a todos los hombres a las bodas de tu Hijo, revístenos con el traje nupcial y concédenos acoger siempre las sorpresas de tu amor. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que es Dios y vive y reina contigo, en la unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos».

La narración bíblica ilumina nuestra vida desde dentro y nos permite, como en un espejo, ver lo que sucede en nosotros cuando acogemos la Palabra. El Evangelio que escuchamos este domingo desarrolla la parábola proclamada la semana pasada (Mt 21,33-43) y, de manera particular, retoma el tema de la piedra rechazada.

Ser llamados no implica automáticamente ser salvados. Elegidos, en efecto, son aquellos que deciden libremente responder a la llamada, no solo con palabras, sino con la propia existencia: viviendo plenamente como hijos en el Hijo, dentro del Reino.

En esta Liturgia, los ojos del corazón contemplan el banquete de bodas.

En la primera parte de la parábola (vv. 1-10), Jesús describe las bodas del Hijo y habla de tres momentos de invitación y de dos rechazos por parte de algunos invitados. Al escuchar esta Palabra encontramos el rostro de un Rey que no se rinde ante la resistencia de sus amigos, casi como si no lograra comprender su rechazo y recurriera a toda su creatividad para conquistar sus corazones.

En la segunda parte (vv. 11-14), en cambio, la atención se dirige al traje nupcial. La parábola nos recuerda que también nosotros debemos aceptar reconocernos entre aquellos que no llevan el traje de bodas. Es entonces cuando, acogiendo las sorpresas del amor de Dios, conocemos al Hijo que entrega su vida por nosotros para que nosotros vivamos en Él.

El Reino era el momento esperado por todos los judíos; representaba la intervención de Dios en la historia, una salvación que inauguraría los últimos tiempos. Jesús no renuncia a esta esperanza ni defrauda las expectativas, sino que lleva a cumplimiento aquello que debía realizarse de una manera totalmente nueva y gratuita.

A esta gratuidad nos conduce la Palabra de hoy, anunciándonos un Reino que es don sin condiciones y sin mérito alguno de nuestra parte. Al Señor no le falta nada y, en Él, tampoco a nosotros nos falta nada, si verdaderamente nos abrimos a las sorpresas de su amor.

Imagen de esta gratuidad inesperada es también el traje nupcial. En la parábola que escuchamos, la fiesta parece estropearse cuando el Rey entra y, al observar a los comensales, descubre a un hombre que no lleva el traje de bodas.

Entonces le dice: «Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de boda?». Y él enmudeció (v. 12).

Según algunos estudios, la tradición de aquella época establecía que, cuando alguien llegaba a un banquete, era recibido permitiendo que le lavaran las manos y los pies, lo vistieran y lo coronaran con flores. Es difícil reconstruir con precisión esta tradición y no es este el lugar para hacerlo, pero hay un dato importante que la Palabra nos confía: el Rey no expulsa inmediatamente al hombre que no lleva el traje nupcial. Lo ve, se interesa por él y le pregunta por qué está vestido de esa manera.

Como todos los demás, también este hombre habrá llegado más o menos arreglado, más o menos limpio, pero, a diferencia de los otros, no permitió que el Rey cuidara de él.

Si los demás invitados habían tomado claramente una postura —rechazando la invitación o aceptando finalmente participar en la fiesta—, este hombre participa «a medias».

O mejor dicho, entra sin revestirse de la alegría, la única condición necesaria para participar en la fiesta con todo su ser: la maravilla de encontrarnos allí donde hemos sido conducidos, quizá incluso por sorpresa, perdiendo el control sobre nuestra propia iniciativa y aceptando entrar en la alegría de Otro.

Por tanto, el amigo no está equivocado porque no tenga un vestido digno de la fiesta, sino porque no se ha dejado cuidar ni vestir.

Parece vislumbrarse aquí, como en transparencia, el rostro de Pedro cuando, la noche de la Última Cena, se niega a dejarse lavar los pies por Jesús.

Y también parecen aparecer nuestros propios rostros cuando, prisioneros de quién sabe cuántos proyectos o de complicadas ideas acerca de la justicia de Dios, nos cuesta simplemente acoger las sorpresas de su amor.

Y, sin embargo, el traje nupcial es precisamente esto: acoger la bendición de su amor, conocer el amor con el que somos amados para poder, a nuestra vez, amar a los demás y al Otro.

Es el traje nupcial que nos reviste de Cristo (Gal 3,27; Rom 13,14).

Canta Efrén el Sirio:

«Nuestro cuerpo se ha convertido en tu vestido.

Tu Espíritu se ha convertido en nuestro traje»

(Efrén el Sirio, Himnos sobre la Natividad, 22,39).

En este XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario y 64.º aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, oremos por la Iglesia, para que el Espíritu la impulse a abrirse todavía más, sin condiciones, hacia esta alegría pura y luminosa.

Que la Iglesia se deje sorprender cada vez más por las maravillas del amor, hasta llegar a reconocer la Historia sagrada en la historia de cada ser humano.

Y así podamos construir, en la unidad y paso a paso, con cada instante del tiempo, una maravillosa y única fiesta de bodas.

  • Simonetta Caboni
  • 10 Octubre 2026
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