El Evangelio de este domingo nos habla de una parábola que Jesús cuenta a sus interlocutores, con quienes, poco antes, había tenido una discusión en el Templo mientras enseñaba (vv. 23-27). A través de la parábola, Jesús busca llegar al corazón de quienes creyeron y de quienes no creyeron en la predicación de Juan el Bautista. Jesús desaprueba la conducta de quienes se oponen a él y rechazan constantemente su oferta de salvación, denunciando su hipocresía y desenmascarando su incoherencia.
En esta parábola, cobran relevancia no solo el hacer, sino también el creer y el arrepentimiento. El «hacer» se entiende como una acción concreta y puesta en práctica; el «creer», la confianza en la Palabra del Padre amoroso que le pide a su hijo de ir; y el arrepentimiento, el sentimiento de dolor interior por los propios errores. Parece ser que fue esta la postura y la conducta del primer hijo, que al principio se niega a aceptar la petición del padre, pero luego se arrepiente y actúa (v. 29).
Este hijo representa a todas las personas que sienten vergüenza y dolor por el mal, que son conscientes de sus errores y que se arrepienten sinceramente. Jesús exalta el valor del arrepentimiento de quien se ha equivocado, contraponiéndolo a la hipocresía de los sumos sacerdotes. Aquellos que, con corazón humilde, se reconocen pecadores son los destinatarios privilegiados de la misericordia, el perdón y el amor de Dios, porque han creído y han cambiado de vida (v. 31). Por el contrario, Jesús reprende a los líderes religiosos de su pueblo por «no haberse arrepentido» ni siquiera al final para «creer» (v. 32). El arrepentimiento y la enmienda son considerados dos aspectos fundamentales e inseparables que conducen a una transformación interior, a la conversión (Mc 1,4-5). Además de Juan Bautista, también Jesús subraya la necesidad de la conversión y de tener fe, como se puede ver en su discurso inicial en el Evangelio de Marcos: «El reino de Dios está cerca; conviértanse y crean en el Evangelio» (1,15).
El reino de Dios del que habla el Evangelio no es una cosa, sino Alguien, es Jesús el reino de Dios en persona; es Jesús la presencia y la acción viva de Dios que entra en lo más profundo de nuestra humanidad para transformarla y salvarla. Y donde el reino es acogido con fe y humildad, brotan el amor, la alegría y la paz. La condición para formar parte de este reino es, precisamente, la conversión. Esto implica cambiar el propio modo de pensar y de ver las cosas, cambiar la propia perspectiva: ¿cómo evalúas el mundo? ¿A qué le das prioridad?
Hijo, quiero que hoy vayas a... El reino de Dios nos hace un fuerte llamado: despierten, arrepiéntanse, cambien de vida, cambien de mentalidad, abran los ojos para poder ver esta nueva realidad, esta persona que es Jesús. Sin embargo, sabemos que el mundo nos dirá de mil maneras que está bien así, nos dará excusas para no reconocer el pecado y convencernos de que no es algo malo, que es una cosa insignificante en nuestra vida. Inventará todo tipo de justificaciones porque no logra aceptar el reino de Dios. Sería mejor no escuchar esas voces.
También sabemos que hay aspectos de nosotros mismos que deben ser podados y sanados: nuestra crueldad, violencia, soberbia, odio, ira y otras cosas graves. Jesús quiere sacudir nuestra vida y eliminar lo que no sirve para darnos lo que nos da vida, lo que nos hace hermosos y nos transforma a su imagen. Y por ello, Jesús nos está invitando a tomar una decisión: tener el valor de creer en él y de permitirle transformar nuestra existencia a través de la acción poderosa de su Espíritu. Quien opta por Jesús y acoge sus palabras, recibe de él no solo serenidad, libertad y plenitud de vida, sino también la vitalidad y el entusiasmo necesarios para seguir descubriendo y anunciando el Reino de Dios en la vida cotidiana y en cada ámbito de la sociedad.
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Reyna Hernández
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25 Septiembre 2026
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