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Misioneras de María
XAVERIANAS

Podcast

El fuego y el susurro


Hay un choque de perspectivas y de expectativas… y nosotros nunca dejaremos de aprender.

«Pero había en mi corazón como un fuego ardiente, encerrado en mis huesos: me esforzaba por contenerlo, pero no podía» (Jer 20,9).

La llamada “confesión” de Jeremías, que encontramos en la primera lectura, nos prepara para la respuesta impulsiva de Pedro en el Evangelio. Jeremías, como tantos profetas, como Pedro y como todo discípulo, muestra la lucha consigo mismo, entre la experiencia ardiente de Dios en lo más íntimo y una realidad que parece contradecir la misma promesa de la alianza.

Es el choque entre aquel “fuego” que arde en los huesos y que no se puede contener, que quisiéramos anunciar con la misma fuerza con la que arde, y el “susurro” del paso de Dios por una vida cotidiana contradictoria, donde hay rechazo en lugar de acogida… una fragilidad que nos desconcierta.

La sensación, entonces, es la de haber apostado toda la vida al “caballo equivocado”, de ser unos perdedores, porque la realidad humana que nos rodea y de la que nosotros mismos estamos hechos parece gritarnos que aquel Rostro aliado no puede ayudarnos.

El corazón decepcionado ya no sabe percibir su susurro: «Quien pierda su vida por causa mía, la encontrará».

No sentimos que estemos en el camino correcto y solo deseamos huir, o negar su debilidad y la nuestra. El profeta Elías siempre buscó y quiso ver a Dios en la fuerza del viento, del terremoto y del fuego, hasta llegar a sentirse solo, frustrado y perseguido; pero Él se le acerca en el humilde susurro de una brisa suave.

Del mismo modo, Juan el Bautista no reconoce al Mesías en su manera de actuar mansa y misericordiosa, porque no corresponde a aquella idea de justicia divina contra el mal y los malvados que esperaban los profetas, Pedro, los discípulos y, quién sabe, quizá también muchos de nosotros, mientras nos preguntamos: «¿Dónde está Dios en medio de tanto sufrimiento? ¿Por qué no derriba a los opresores y a los poderosos de la tierra?»

Jesús, que quisiera que aquel fuego de amor incendiara la tierra, conoce y reconoce aquel susurro, aquel camino manso del Padre que solo Él puede revelarnos y que pasa inevitablemente a través del sufrimiento de un cuerpo humano, vulnerable, comenzando por el suyo.

Y parece estar más preocupado, no por el escándalo de su propia cruz, sino por la reacción que tendrán sus discípulos ante la cruz presente en sus propias vidas, si no logran reconocer aquella voz tenue:

«Si alguno quiere venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, tome su cruz y me siga».

El desafío más grande para ellos, y para cada uno de nosotros, será lograr custodiar aquel fuego apasionado aun cuando no consigamos reconocer su presencia silenciosa en el misterio del sufrimiento y del mal en la historia, dentro de nosotros y a nuestro alrededor.

En ese momento podríamos perdernos, como Pedro, que pretende corregir al Maestro pensando que el amor es solamente algo bondadoso y tierno en este mundo:

«¡Ponte detrás de mí, Satanás! Eres para mí un obstáculo, porque no piensas según Dios, sino según los hombres».

Sin embargo, el amor tiene la forma del Hijo en aquella cruz, que mantiene unidos los extremos que parecían imposibles de reconciliar: la tierra y el cielo, el hombre y Dios.

Nunca dejaremos de aprender de Él y, tratando de caminar detrás de sus pasos, también nosotros podremos susurrar ese camino “humanamente subversivo”, comunicarlo con nuestra vida perdida, entregada, y con las cicatrices de nuestra propia carne.

San Pablo nos recuerda que anunciamos con nuestro “cuerpo”, entregado y compartido en la fragilidad con nuestros hermanos y hermanas, y no colocado en un refugio seguro que nos mantenga alejados de los dramas humanos:

«Hermanos, los exhorto, por la misericordia de Dios, a ofrecer sus cuerpos como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios; este es su culto espiritual. No se amolden a este mundo, sino déjense transformar mediante la renovación de su manera de pensar» (Rom 12,1-2).

No se trata de hacer un elogio de la muerte ni del dolor, sino de la vida: una vida que no se salva reteniéndola, sino ofreciéndola para no renegar del amor.

  • Antonella Del Grosso
  • 29 Agosto 2026
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