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Misioneras de María
XAVERIANAS

Podcast

Llaves en manos frágiles


Hay preguntas que podemos responder con lo que hemos escuchado de otros. Pero hay otras ante las cuales nadie puede responder por nosotros. Jesús pregunta primero a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?” Y las respuestas llegan fácilmente: Juan el Bautista, Elías, Jeremías, alguno de los profetas.

Pero después Jesús cambia la pregunta:

“Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”

Aquí ya no sirven las respuestas prestadas. Pedro toma la palabra: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Y sorprende que sea precisamente Pedro. Nosotros conocemos su historia: es generoso y apasionado, pero también impulsivo y frágil. Más adelante tendrá miedo, no comprenderá a Jesús e incluso llegará a negarlo. Sin embargo, Jesús reconoce que en aquella respuesta ha actuado Dios: “Esto no te lo ha revelado ningún hombre, sino mi Padre que está en los cielos”. Pedro ha pronunciado una verdad más grande que él.

Y aquí encontramos una hermosa esperanza: Dios no necesita nuestra perfección para actuar; necesita nuestra apertura para dejarnos conducir por Él.

Por eso Jesús se atreve a decirle: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Yo te daré las llaves del Reino de los cielos”.

La imagen de las llaves une maravillosamente el Evangelio con la primera lectura. En Isaías, Dios retira a Sebná de su cargo y confía a Eleacín “la llave del palacio de David”. También allí la llave significa una autoridad recibida de Dios y puesta al servicio de un pueblo. Las llaves, entonces, no son un privilegio para dominar. Son una responsabilidad para abrir.

Y esto no se refiere solamente a Pedro. De alguna manera, todos tenemos alguna llave entre las manos: la llave de una familia, de una comunidad, de una responsabilidad, de una misión, de una relación.

Por eso podríamos preguntarnos:

¿Qué hacemos con las llaves que Dios nos ha confiado?

¿Abrimos caminos o los cerramos?

¿Facilitamos el encuentro o levantamos barreras?

¿Nuestra manera de ejercer una responsabilidad ayuda a los demás a crecer?

Esta Palabra también nos ayuda a mirar a nuestra Iglesia con verdad y esperanza.

Jesús confía su Iglesia a Pedro, un hombre que lo ama profundamente, pero que continúa siendo frágil. Y así será también la Iglesia a lo largo de la historia: santa porque pertenece a Cristo y está habitada por su Espíritu, pero también herida por la fragilidad y el pecado de quienes la formamos.

A veces esta realidad nos duele. Nos duelen sus incoherencias, sus divisiones, sus errores, sus heridas. Pero nuestra esperanza no está puesta en una Iglesia formada por personas impecables.

Está puesta en la promesa de Jesús:

“Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y los poderes del infierno no prevalecerán sobre ella”. Hay una palabra que no deberíamos pasar por alto: “edificaré”.

Jesús no dice a Pedro: “Tú edificarás mi Iglesia”. Dice: “Yo edificaré mi Iglesia”.

Ahí descansa nuestra esperanza.

Nosotros colaboramos, servimos, anunciamos, nos equivocamos, volvemos a comenzar. Pero la Iglesia no es nuestra: es de Cristo.

Y san Pablo, en la segunda lectura, nos ayuda a reconocerlo: “Todo proviene de Dios, todo ha sido hecho por Él y todo está orientado hacia Él”. No podemos comprender todos los caminos de Dios. Hay momentos en los que miramos nuestra realidad —las guerras, la violencia, las familias heridas, los jóvenes que buscan esperanza, nuestras comunidades que cambian, las dificultades de la Iglesia— y podríamos pensar que todo se está debilitando. Pero la Palabra de este domingo nos invita a mirar más profundamente. Dios sigue actuando. Actuó en la fragilidad de Pedro. Actuó en una Iglesia naciente llena de límites. Y continúa actuando hoy, también en medio de nuestras pobrezas.

Por eso la pregunta de Jesús atraviesa los siglos y llega hasta nosotros:

“Y tú, ¿quién dices que soy yo?”

¿Quién es Jesús para mí cuando las cosas no salen como esperaba?

¿Quién es cuando mi comunidad o la Iglesia me decepcionan?

¿Quién es cuando rezo y parece que nada cambia?

¿Quién es cuando el futuro se vuelve incierto?

Tal vez es precisamente entonces cuando nuestra respuesta deja de ser una fórmula aprendida y se convierte en una verdadera confesión de fe:

“Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.

El Dios vivo, que sigue actuando.

El Dios que confía sus llaves a manos frágiles.

El Dios que abre caminos donde nosotros vemos puertas cerradas.

El Dios que no abandona a su Iglesia ni a este mundo herido.

Y quizá hoy podamos pedirle simplemente:

Señor, enséñanos a usar bien las llaves que has puesto en nuestras manos.

Que sepamos abrir y no cerrar, servir y no dominar, confiar aun cuando no comprendamos. Porque la Iglesia es suya, la misión es suya y nosotros también somos suyos. Y mientras podamos seguir confesando, aun desde nuestra fragilidad:

“Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”, siempre habrá esperanza.

  • Licha Santiesteban
  • 22 Agosto 2026
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