El domingo pasado escuchamos cómo la multitud, enferma y hambrienta, había tocado el corazón de Jesús, llevándolo a posponer su propósito de «retirarse a un lugar desierto, apartado». Ahora, después de haber alimentado y despedido a la multitud, Jesús puede finalmente quedarse a solas con el Padre, en el monte, en oración durante largas horas de la noche. Pero, en su ausencia, la barca en la que se encuentran los discípulos, ya mar adentro, tiene que enfrentarse a las dificultades provocadas por el viento contrario.
Los Padres de la Iglesia han visto en esta barca un símbolo de la Iglesia y, en los vientos contrarios, las múltiples pruebas que esta debe afrontar. El papa Francisco, durante la oración en tiempo de la pandemia de COVID-19, extendió la imagen de la barca en medio de la tempestad a toda la humanidad:
«Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente. En esta barca, estamos todos. […] La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades […] Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa bendita pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos».
El Evangelio de este domingo nos muestra cómo Jesús sale al encuentro de esta barca en la que todos nos encontramos, caminando sobre las aguas, sin dejarse detener ni por el viento ni por las olas. Él siempre encuentra la manera de hacerse cercano en medio de nuestros miedos y de nuestras pruebas: para Él, el camino siempre está abierto, porque atraviesa el mar de todo dolor y viene hacia nosotros, transformando la prueba en una oportunidad de encuentro con Él.
Pedro, al verlo, siente toda la fuerza y el atractivo de esta Vida que no se deja engullir por el mal, sino que camina por encima de él, y le pide poder seguirlo. Como Pedro, ¡cuántos hermanos y hermanas nuestros, hombres y mujeres como nosotros, han hecho lo mismo! No por sus propias capacidades, sino por haber mantenido fija la mirada en Jesús, incluso cuando su corazón les hacía sentir que aquello estaba más allá de sus posibilidades. Esto es lo extraordinario de la vida cristiana: una vida que nos es dada como don gratuito y que está siempre a nuestro alcance.
Todos estamos llamados a caminar sobre el mar, manteniendo la mirada fija en Él; y cuando sintamos que nos hundimos, invoquemos con confianza su salvación: **«¡Señor, sálvame!»** Dejémonos tomar de su mano, dejemos que las pruebas de la vida nos despierten y nos ayuden a volver a centrar nuestra existencia en Jesús y a postrarnos ante Él.
El papa Francisco exhortaba a acoger el tiempo de prueba como:
«Un tiempo de elección. No es el tiempo de tu juicio, sino de nuestro juicio: el tiempo para elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no lo es. Es el tiempo de restablecer el rumbo de la vida hacia Ti, Señor, y hacia los demás. Y podemos mirar a tantos compañeros de viaje que son ejemplares, pues, ante el miedo, han reaccionado dando la propia vida. Es la fuerza operante del Espíritu derramada y plasmada en valientes y generosas entregas. Es la vida del Espíritu capaz de rescatar, valorar y mostrar cómo nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes —corrientemente olvidadas— que […] sin lugar a dudas, están escribiendo hoy los acontecimientos decisivos de nuestra historia […] tantos […] que comprendieron que nadie se salva solo».
-
Elisa Lazzari
-
08 Agosto 2026
-
Visto 167 veces

