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Misioneras de María
XAVERIANAS

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Semillas de alabanza


Mientras en estos días de intenso calor veraniego el sol domina con fuerza nuestras jornadas, quizá nos preguntemos cómo logran resistir las semillas bajo la tierra.

La Liturgia de la Palabra de este XV Domingo del Tiempo Ordinario nos anuncia que algunas semillas no solo resisten, sino que también dan fruto: "unas producen ciento por uno, otras sesenta y otras treinta".

El capítulo 13 del Evangelio según san Mateo presenta cuatro parábolas dirigidas a la multitud (el sembrador, la cizaña, el grano de mostaza y la levadura) y otras cuatro destinadas a los discípulos (el tesoro escondido, la perla de gran valor, la red y el escriba). Son relatos que invitan al discernimiento, pues revelan la manera en que Dios contempla la realidad y enseñan cómo vivir para acoger el Reino, un Reino que ya está presente, aunque todavía espera su plenitud, como la semilla que encierra en sí la promesa del fruto futuro.

Lo que sorprende a la multitud —y también a nosotros— es el contraste entre la presencia y el pleno cumplimiento del Reino. Entra en el mundo como una semilla, pequeña y frágil; se enfrenta a la realidad tal como es, mezclada de bien y de mal. A veces parece sucumbir o durar poco; otras, para nuestra sorpresa, produce una cosecha abundante, mayor o menor, según el terreno.

Jesús no tiene prisa por hacer balances. Él enseña a esperar. No se trata de un optimismo ingenuo, sino de una espera vivida en el Espíritu, con la antigua sabiduría de los sembradores. En tiempos antiguos, la siembra se hacía a mano antes de arar la tierra. El sembrador esparcía las semillas por todas partes y solo después se descubría si aquel terreno había sido verdaderamente fértil.

Mucho se ha escrito para comentar esta parábola y las diferencias entre los distintos terrenos. Sin embargo, me parece hermoso detenernos en aquello que los une y que recorre silenciosamente los espacios entre un versículo y otro: el silencio de la tierra, un pentagrama fecundo donde germinan las obras buenas.

Este me parece, de hecho, el hilo conductor de toda la Liturgia de la Palabra de este XV Domingo del Tiempo Ordinario. Lo expresa con especial belleza el Salmo 64, cuyo comienzo ha sido interpretado de distintas maneras por la tradición rabínica y por las antiguas traducciones. El texto hebreo suele traducirse como: "A ti se debe la alabanza", pero la palabra utilizada significa literalmente "silencio" (dumiyyah). Por ello, una traducción igualmente válida podría ser:

"Para ti, el silencio es un canto de alabanza."

La tierra donde cae la semilla está habitada por una alabanza silenciosa que, sin hacer ruido, se extiende por todo el universo. A esa alabanza se une el sembrador cuando esparce generosamente la Palabra de Dios.

Quien alaba al Señor por todo lo que Él va realizando recibe el don de reconocer los signos de su presencia, de descubrir otros nuevos y de seguir buscándolos sin cesar. La alabanza abre los ojos del corazón y nos introduce en ese silencio lleno de gozo que todo lo llena y que produce frutos de justicia y de paz, hoy y para siempre en la eternidad de Dios.

Escribe santa Isabel de la Trinidad en una de las últimas páginas de su vida:

"La adoración es una palabra que viene del cielo.

Pienso que podría describirse como el éxtasis del amor.

Es el amor que, sobrecogido por la belleza y la inmensa grandeza del Amado, queda como sin fuerzas.

Entra en una especie de impotencia, en un silencio profundo y pleno.

De ese silencio habló David cuando dijo: 'El silencio es alabanza para Ti'.

Sí, es el más hermoso canto de alabanza, porque resuena eternamente en el seno de la Trinidad serena.

Es también el último esfuerzo del alma que desborda de amor y ya no encuentra palabras para expresar lo que vive."

  • Simonetta Caboni
  • 12 Julio 2026
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