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Misioneras de María
XAVERIANAS

Podcast

Rocio encendido


Hay un “más allá” hacia el cual nos impulsa la Palabra de hoy, Solemnidad de Pentecostés, y ante el cual toda palabra parece insuficiente.

El protagonista que sella los cincuenta días de la memoria pascual es el Espíritu: soplo misterioso cuya presencia la Liturgia nos permite intuir, gustar en su fuerza y dulzura, contemplar en su luz y en su calor.

Podemos entrar en el misterio de este día meditando algunas palabras del kanon para Pentecostés atribuido a Juan Damasceno, que presenta el acontecimiento narrado en Hechos 2 y cantado por la Iglesia a lo largo de los siglos para celebrar la solemnidad de hoy.

Oda I

[…]

“La boca pura y venerable dijo: no habrá ausencia para ustedes, amigos,

porque derramaré desde el Padre la gracia abundante del Espíritu

sobre aquellos que desean resplandecer.”

“Habiendo atravesado el límite, el Verbo absolutamente verdadero serena el corazón.

En efecto, Cristo, habiendo cumplido su obra, alegró a los amigos

donando el Espíritu con un soplo violento y con lenguas de fuego, como había prometido.”

Oda V

“Han recibido el rocío encendido del Espíritu, hijos de la Iglesia hechos luminosos.

Ahora, desde Sión, ha salido una ley:

la gracia del Espíritu en forma de lenguas de fuego.”

La comunidad reunida en oración revive el acontecimiento narrado en Hechos 2 y celebra, en el canto, con la conciencia de que la Iglesia de Pentecostés es la continuación de la historia de Israel. Es la experiencia de quien es llevado por la vida donada por el Espíritu y se convierte, a su vez, en portador de ella, manifestando la obra de Dios en medio de la historia y del mundo.

Jesús Resucitado ha cumplido plenamente su misión y ha ascendido al cielo, ocultándose al mundo, pero donando su presencia a través del Espíritu.

“Habiendo atravesado el límite, el Verbo serena el corazón. En efecto, Cristo, habiendo cumplido su obra, alegró a los amigos donando el Espíritu con un soplo violento y con lenguas de fuego, como había prometido” (Oda I,3).

Los apóstoles y discípulos reunidos en el cenáculo junto con María no son huérfanos, no pueden sentirse solos, porque reciben al Paráclito. Lo que el Maestro amado había dicho y hecho en medio de ellos aparece ahora más claro y así comienza la Iglesia: vida nueva, firme en la certeza de pertenecer a Dios en Cristo.

Toda palabra parece insuficiente cuando intentamos hablar del Espíritu, aliento enamorado de la humanidad que viene a despertarnos a la vida, al asombro y a la capacidad de amar.

Hoy se abre el tiempo después de Pentecostés: el Espíritu Santo permanece siempre presente y nosotros vivimos en Él. Él nos conduce a la sala alta, allí donde recibimos ojos nuevos capaces de ver más allá. La Vida es siempre más grande que nuestros esquemas mentales e incluso más grande que la experiencia que hasta ahora hemos tenido de ella. Si nuestra mirada no atraviesa la superficie y permanece detenida, perezosa y cerrada ante las cosas, se vuelve pobre y aburrida, corriendo el riesgo de perder de vista el banquete al que todos somos invitados.

Oda IX

“Salve, Señora, gloria de la maternidad virginal.

Toda boca elocuente y fecunda,

aunque llena de palabras, no es capaz de cantarte dignamente.

Toda mente queda sobrecogida al comprender tu parto.

Por eso, unidos en coro, te glorificamos.”

María,

Templo del Espíritu Santo, llénanos de asombro,

danos un corazón y unos ojos puros para elegir la Vida.

FOTO 2

  • Simonetta Caboni
  • 23 May 2026
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