UNA NUEVA PRESENCIA
Jesús fue elevado a lo alto ante los ojos de sus discípulos y una nube lo ocultó de su mirada (cf. Hch 1,9). La aventura humana de Jesús concluye con la Ascensión, cuando el Maestro de Galilea sale del campo visual de sus discípulos.
La Ascensión del Señor representa un momento importante de la fe cristiana, pues marca el paso de la presencia física de Jesús a su presencia espiritual. Su ausencia se convierte en una presencia interior todavía más ardiente.
Bendita partida, porque a la subida de Cristo al cielo corresponde la venida del Consolador a la tierra. Con el don del Espíritu, nuestra humanidad queda inmersa en Dios. ¡Estamos unidos a Él y en Él!
CON LOS OJOS EN EL CIELO Y LOS PIES EN LA TIERRA
La Ascensión ilumina el destino del ser humano, creado para el cielo, pero llamado a llegar a él recorriendo los caminos de la tierra.
Entre la subida de Cristo a la derecha de Dios y su regreso, comienza el tiempo de la Iglesia, que prolonga en el espacio y en el tiempo la misión de Jesús, con la fuerza del Espíritu. La Iglesia se vuelve creíble cuando deja transparentar la bendición de Dios sobre la humanidad que es Jesús, vivo y actuante en el corazón de los discípulos.
Como cristianos estamos llamados a poner nuestra mirada en la vida cotidiana, viviendo con pasión y responsabilidad en el mundo, dando testimonio de Aquel que actúa junto a nosotros y anunciando el Evangelio a todos los pueblos, llevando el perdón y la caridad.
ALEGRÍA Y ESPERANZA
En los cuatro Evangelios nunca aparece el término esperanza, porque los apóstoles viven de la presencia de Cristo; la esperanza comienza con su Ascensión, con su cuerpo ausente. Esperanza es esperar que la ausencia se transforme en presencia.
Vivimos en la alegría porque Jesús nunca nos abandona, permanece con nosotros y nos garantiza la protección que viene de lo Alto. La Ascensión es el triunfo sobre la muerte y, al pertenecer a un Dios vivo, creemos que el mundo camina hacia un destino positivo.
Cristo, bajado del cielo, venido del seno del Padre, el Emmanuel, el Dios-con-nosotros, ahora asciende al cielo, vuelve al Padre, pero permanece con nosotros todos los días hasta el fin de los tiempos. ¡Esta palabra suya nos llena de alegría!
A esta reflexión me gusta unir un fragmento de la carta n.º 43 del P. Giacomo Spagnolo, de 1969:
“Dada su inspiración mariana, nuestra Sociedad Misionera deberá inspirarse también, en su espíritu, en el espíritu de María: debemos vivir como la Santísima Virgen viviría en nuestro lugar. Ella, sin duda, continuaría viviendo el misterio pascual como lo vivió entre la ascensión de Jesús y su Asunción…
He aquí, entonces, una expresión sintética de nuestro espíritu misionero-religioso: ‘Vivir como María el Misterio Pascual de Cristo’, lo que equivale a ‘vivir espiritualmente, como María, sobre la tierra la vida del Cielo’.”
(cf. Cartas a todas las hermanas)
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Rosanna Bucci
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16 May 2026
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