El Evangelio según san Juan (20, 19-31) nos sitúa en el atardecer del día de la Resurrección. Los discípulos permanecen encerrados por miedo, cargando aún las heridas de la cruz y la incertidumbre del futuro. Es entonces cuando Cristo resucitado irrumpe en medio de ellos con un saludo que es, a la vez, don y misión: “La paz esté con ustedes”. No es una paz superficial ni meramente emocional; es la paz que brota de la victoria sobre el pecado y la muerte, la paz que restituye, que reconcilia, que inaugura una nueva humanidad.
Este pasaje evangélico, proclamado en el Domingo de la Divina Misericordia, nos revela el corazón mismo de Dios: un corazón que no condena, sino que sale al encuentro; que no se cansa de perdonar, sino que vuelve a ofrecer confianza. Jesús muestra sus llagas, no para reprochar, sino para confirmar que el amor ha vencido. Y junto con la paz, comunica a sus discípulos el Espíritu Santo, confiándoles una misión de alcance universal: “A quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados”.
La misericordia no es, por tanto, un sentimiento pasajero, sino el fundamento de la vida cristiana y el principio de toda auténtica renovación personal y social. En el contexto actual de México, donde tantas heridas siguen abiertas —violencia, injusticia, pobreza, fragmentación familiar—, la llamada a vivir la misericordia adquiere una urgencia ineludible. No se trata solo de una devoción, sino de un estilo de vida que debe permear nuestras relaciones, nuestras decisiones y nuestras estructuras.
Practicar la misericordia significa, en primer lugar, formar personas más conscientes de la dignidad del otro. Implica educar la mirada para reconocer en cada ser humano, especialmente en el más vulnerable, el rostro de Cristo sufriente (cf. Mt 25,40). Desde esta conciencia brotan actitudes concretas: la escucha paciente, el perdón sincero, la solidaridad activa.
Asimismo, la misericordia es la base de familias mejor integradas. Allí donde se aprende a perdonar, a comprender y a sostenerse mutuamente, se construyen hogares capaces de resistir las crisis de nuestro tiempo. La familia, vivida como espacio de reconciliación, se convierte en el primer ámbito donde la Pascua se hace vida.
En el ámbito eclesial, este Evangelio nos recuerda que la Iglesia existe para ser sacramento de la misericordia. No puede encerrarse por miedo ni por comodidad, sino que está llamada a salir, como Cristo, al encuentro de los heridos. Una Iglesia misericordiosa es una Iglesia creíble, capaz de anunciar con autoridad la esperanza del Evangelio.
Finalmente, la misericordia es también el cimiento de una sociedad más justa y orientada al bien común. No habrá verdadera paz social sin corazones reconciliados, sin estructuras que prioricen a los más necesitados, sin ciudadanos comprometidos con la justicia y la solidaridad.
En este horizonte, la figura de Tomás adquiere un significado particular. Su duda no es rechazada, sino acogida y transformada. Al encontrarse con Cristo, exclama: “¡Señor mío y Dios mío!”. Esta profesión de fe nos recuerda que una fe firme y profunda es indispensable para sostener el compromiso con la misericordia. Sin fe, la caridad se debilita; sin confianza en el Resucitado, la esperanza se desvanece.
Creer hoy, en medio de tantas incertidumbres, es apostar por un futuro distinto. Es confiar en que la misericordia tiene la fuerza de reconstruir lo que parece perdido. En este Domingo de la Divina Misericordia, la invitación es clara: dejarnos transformar por el amor de Cristo y convertirnos, a nuestra vez, en instrumentos de su paz. Solo así podremos edificar personas, familias y una sociedad verdaderamente renovada.
-
Jose Luis Vega sx
-
11 Abril 2026
-
Visto 123 veces

