Skip to main content

Misioneras de María
XAVERIANAS

Podcast

Vio y creyó: la aurora de una esperanza para México


En la aurora del primer día de la semana, cuando aún la oscuridad parecía tener la última palabra, el Evangelio según san Juan (20, 1-9) nos introduce en el acontecimiento decisivo de la historia: el sepulcro está vacío. María Magdalena corre, Pedro entra, el discípulo amado contempla… y cree. Este breve pero denso relato no solo narra el inicio de la fe pascual, sino que traza el camino de toda auténtica experiencia cristiana: buscar en la noche, perseverar en la incertidumbre y, finalmente, abrirse a la luz de la fe.

La Pascua del Señor no es un recuerdo piadoso ni una metáfora espiritual; es la irrupción de la vida nueva en medio de la historia herida. Y en este sentido, el mensaje pascual resuena hoy con particular fuerza en la realidad de México, marcada por profundas sombras: violencia que lacera comunidades enteras, desigualdades que claman al cielo, familias fragmentadas, jóvenes que buscan sentido en medio de la confusión. Como María Magdalena, también nuestro pueblo camina muchas veces “cuando todavía está oscuro”.

Sin embargo, la grandeza de la fe cristiana radica en no absolutizar la oscuridad. El sepulcro vacío anuncia que la muerte no tiene la última palabra. La piedra ha sido removida. Dios ha actuado. Y esta certeza no puede permanecer encerrada en el ámbito de lo íntimo o lo devocional; exige ser proclamada, encarnada y vivida con un renovado ardor misionero.

El dinamismo del Evangelio es claro: correr, entrar, ver y creer. En primer lugar, correr: la Iglesia está llamada a no permanecer inmóvil ante los desafíos actuales. No es tiempo de repliegues ni de nostalgias, sino de una salida decidida hacia las periferias existenciales, allí donde el dolor humano reclama consuelo y esperanza. En segundo lugar, entrar: no basta observar la realidad desde fuera; es necesario implicarse, tocar las heridas, compartir la vida de los más necesitados. Solo así el anuncio cristiano adquiere credibilidad. En tercer lugar, ver: aprender a discernir los signos de vida que, aun en medio de la muerte, Dios sigue sembrando en la historia. Y finalmente, creer: dar el salto de la fe que transforma la mirada y convierte al discípulo en testigo.

El discípulo amado “vio y creyó” sin haber visto aún al Resucitado. Este detalle es profundamente significativo para nuestro tiempo, marcado por el escepticismo. La fe pascual no se impone por la evidencia, sino que brota de un corazón que ama y se deja iluminar por la Palabra. De ahí la urgencia de formar comunidades cristianas sólidas, arraigadas en la Sagrada Escritura, alimentadas por los sacramentos y comprometidas con la transformación de la sociedad.

México necesita testigos de la Resurrección. Hombres y mujeres capaces de anunciar, con su vida, que Cristo vive: en el perdón que reconstruye familias, en la solidaridad que dignifica al pobre, en la esperanza que sostiene al que sufre. La Pascua nos recuerda que cada gesto de amor, cada acto de justicia, cada palabra de verdad participa ya de la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte.

Aún hoy, como en los primeros días, no lo comprendemos todo. La fe es un camino, una luz que se abre paso progresivamente. Pero precisamente por ello, estamos llamados a caminar juntos, como Iglesia, sosteniéndonos unos a otros y dejándonos guiar por el Espíritu del Resucitado.

En esta hora decisiva para nuestra nación, la Pascua se presenta no solo como una celebración litúrgica, sino como un programa de vida y de misión. El sepulcro vacío nos envía. La vida ha vencido. Y el mundo, también nuestro México, espera testigos creíbles de esta verdad.

Porque, en definitiva, creer en la Resurrección es comprometerse a vivir como resucitados.

  • P. José Luis Vega López sx
  • 04 Abril 2026
  • Visto 122 veces