El relato de la muerte y resurrección de Lázaro, narrado en el Evangelio de Juan, no es solo el séptimo signo que manifiesta la gloria de Dios, sino que representa un verdadero itinerario misionero que interpela a la Iglesia de todos los tiempos.
Ambientado en Betania (que significa “casa del sufrimiento”), el episodio presenta a Lázaro, personaje histórico y querido amigo de Jesús, como el ícono de toda persona amada por Dios que experimenta la fragilidad de la enfermedad y de la muerte.
Un primer aspecto misionero emerge en el diálogo entre Jesús y sus discípulos sobre el regreso a Judea. A pesar del peligro de ser apedreado, Jesús insiste en la necesidad de caminar mientras haya “doce horas en el día”. Esta imagen remite directamente a la naturaleza de la misión: cuando Dios confía una tarea, quien camina en ella tiene la luz y no tropieza. La misión está, por tanto, vinculada a una “oportunidad” temporal y divina; salir de la propia misión significa perder la gracia y la asistencia que Dios garantiza a quien actúa en su nombre.
Jesús no interviene de inmediato en la enfermedad de Lázaro. Quizá quiere hacer entender a los discípulos, y a nosotros, que su misión no consiste simplemente en resolver “problemas” biológicos mediante milagros, sino en afrontar en la raíz el misterio de la muerte para manifestar una vida nueva según el proyecto y los tiempos del Padre. Jesús actúa y devuelve la vida precisamente a Lázaro porque ha llegado el momento: es la hora y la ocasión justa para poner en marcha conscientemente todo el mecanismo de muerte que este signo provocará contra Él. Es la gota que derrama el vaso, la acción que provoca la decisión del sanedrín de condenar a muerte a Jesús (Jn 11,51-53).
La dinámica entre las hermanas Marta y María, y la comunidad que las rodea, revela el proceso de evangelización. Marta, después de profesar su fe en Cristo, se convierte ella misma en misionera hacia su hermana, llamándola en secreto: “El Maestro está aquí y te llama” (Jn 11,28). Este paso —encontrar, experimentar, compartir y conducir a otros hacia Jesús— es el corazón del anuncio cristiano. Las dos mujeres crean un espacio de encuentro entre Jesús y sus adversarios (los judíos que habían venido a consolarlas), transformando una situación de duelo en una ocasión —que aparentemente no tuvo éxito— de encuentro con la Vida.
Otro aspecto misionero fundamental se encuentra en el mandato de Jesús: “¡Quiten la piedra!” (Jn 11,39). Aunque solo Dios puede resucitar a los muertos, Él pide la colaboración de la comunidad para remover los obstáculos que impiden que su voz llegue a quien está prisionero en el sepulcro. Esta tarea nos corresponde a nosotros: quitar las piedras del prejuicio, de la hipocresía o de la resignación. Para ello es necesario superar el juicio “maloliente”, que a menudo se manifiesta como rechazo basado en lo desagradable del otro. Marta advierte a Jesús que Lázaro “ya huele mal” (Jn 11,39). Esta afirmación refleja nuestra tendencia a pensar que ciertas situaciones o personas están demasiado “corrompidas” o comprometidas como para ser amadas. Quitar la piedra significa dejar de esconder o juzgar la pobreza y el pecado —propios y ajenos— bajo la “alfombra existencial”. La misión exige creer que Dios viene a buscarnos precisamente allí donde somos menos presentables, amando el “cadáver interior” y no nuestras máscaras de perfección.
Además, quitar la piedra significa abandonar el “sepulcro de la queja” y de la autocompasión. María, inicialmente inmóvil en su dolor dentro de la casa, debe levantarse y salir para encontrarse con el Maestro que la llama. La misión nos desafía a no permanecer sentados en nuestras convicciones o sufrimientos, sino a convertirnos en mediadores de esperanza para los demás, ayudándolos a liberarse de las vendas que aún los atan.
A nosotros nos corresponde quitar la piedra para que Dios pueda resucitar a la comunidad; una comunidad que no acepta este esfuerzo está destinada a permanecer sin vida. Del mismo modo, después del milagro, Jesús dice: “Desátenlo y déjenlo ir” (Jn 11,44), indicando que la misión continúa en el servicio de la liberación mutua de los lazos de la muerte y del pecado.
Finalmente, la resurrección de Lázaro es un anuncio de vida eterna que comienza ya en el presente. La Iglesia tiene la responsabilidad de quitar el polvo de esta esperanza, haciéndola perceptible hoy. En un mundo marcado por la “globalización de la indiferencia” (como repetía con frecuencia el Papa Francisco), la misión consiste en testimoniar que todo lo vivido en el amor no muere, sino que resucita. El anuncio misionero no busca infundir miedo, sino ofrecer una liberación definitiva de la esclavitud del temor a la muerte, que bloquea todo impulso vital y hace a las personas vulnerables al mal y a la tristeza. Cristo llama a la humanidad a salir de este pesimismo, fruto de tanta violencia, terrorismo y conflictos, para redescubrir una gloria que supera los sufrimientos del tiempo presente.
En conclusión, la historia de Lázaro nos enseña que la misión no es solo una actividad externa, sino una respuesta a la llamada de Jesús a “salir fuera” de nuestras tumbas existenciales. Es una invitación a salir de la inmovilidad de la queja para convertirnos en mediadores de esperanza para los demás, con la certeza de que, como prometió Ezequiel (Ez 37,14) y confirmó Pablo (Rm 8,9), el Espíritu de Dios habita en nosotros para hacernos revivir y conducirnos a la verdadera tierra prometida.
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Elena Conforto
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21 Marzo 2026
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