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Misioneras de María
XAVERIANAS

Podcast

De la oscuridad al testimonio de la luz


El pasaje se sitúa en el contexto de la Fiesta de las Tiendas (o de las Cabañas), que conmemora el período en que el pueblo de Israel vivió en el desierto después del Éxodo de Egipto. En aquel tiempo, los israelitas no tenían casas estables, sino que vivían como nómadas en cabañas o tiendas, experimentando la providencia directa de Dios.

Esta fiesta se caracterizaba por los ritos del agua y de la luz.

El agua era un elemento central porque recordaba cómo Dios había saciado milagrosamente la sed del pueblo durante su camino por el desierto. Los sacerdotes realizaban un ritual específico: bajaban a la piscina de Siloé para sacar agua con recipientes. Luego subían hacia la explanada del templo y derramaban el agua en el suelo como signo de abundancia. En un contexto árido como el de Israel, el agua era considerada “oro puro”, y este gesto simbolizaba la gratitud por el don divino de la vida.

Otro aspecto fundamental era la celebración de la luz, que recordaba la nube luminosa que guiaba al pueblo en el desierto, indicando el camino tanto de día como de noche.

Durante la fiesta se encendían grandes braseros en la explanada del templo, capaces de inundar de luz toda la ciudad de Jerusalén durante la noche. Esta luz no era solo física, sino que simbolizaba también la luz de la Ley (Torá), de la sabiduría y del culto al verdadero Dios.

Jesús utiliza precisamente los símbolos de esta fiesta para revelar su identidad:

En relación con el agua, proclama: “El que tenga sed, venga a mí y beba” (Jn 7,37).

En relación con la luz, declara solemnemente: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue tendrá la luz de la vida” (Jn 8,12; cf. Jn 9,5).

En el milagro del ciego de nacimiento, estos dos símbolos se unen: el hombre recibe la luz (la curación de sus ojos) al lavarse en el agua de la piscina de Siloé. Este es el sexto signo de Jesús.

Este episodio no es solo un milagro físico, sino un itinerario espiritual que transforma a un mendigo marginado en un apóstol valiente.

1. El cambio de perspectiva: del “¿por qué?” al “¿para quién?”

Ante el sufrimiento, los discípulos buscan una culpa (“¿quién pecó?” Jn 9,2), relacionando la enfermedad con un castigo divino. Jesús rompe este esquema legalista: la enfermedad no es una condena, sino el lugar donde se manifiestan las obras de Dios.

También la misión nunca parte de situaciones de perfección, sino de una realidad herida. El apóstol está llamado a mirar más allá de las apariencias (como Samuel con David en la primera lectura de la liturgia de este domingo) para ver en el límite humano una oportunidad para la gracia de Dios.

2. El signo de la creación y el envío

Jesús utiliza barro y saliva, recordando el gesto de la creación del hombre en el Génesis. La saliva, necesaria para hablar, simboliza la Palabra de Dios que se une al humus (la tierra), es decir, a la realidad concreta y material de la persona.

Además, el verbo griego (epecriseo) referido a Jesús sugiere que “unge” los ojos del ciego: el barro no es suciedad, sino una unción que consagra su parte enferma. En lugar de esconder el defecto, Dios lo pone de relieve para transformarlo en un trampolín de su gracia.

Jesús ordena entonces al ciego lavarse en la piscina de Siloé, que significa “Enviado”. Aquí se produce una inversión del rito: durante la Fiesta de las Tiendas, los sacerdotes tomaban agua de Siloé para llevarla al Templo; en cambio, el ciego hace el recorrido inverso, parte de los escalones del Templo y desciende hacia el agua del Enviado.

Este movimiento contrario sugiere que la verdadera luz se encuentra siguiendo a Jesús fuera de estructuras religiosas rígidas.

También estamos ante un simbolismo bautismal: para la Iglesia primitiva, este lavado representaba el bautismo, que antiguamente se llamaba “iluminación”. El bautizado es quien, lavado por el Enviado, recibe una nueva mirada sobre la vida y se convierte a su vez en testigo.

La misión nace de un acto de obediencia y confianza en una Palabra que nos envía a “lavar” nuestra mirada en la realidad cotidiana.

3. El camino gradual de la fe y del testimonio

La curación suscita interrogantes entre los vecinos y los fariseos. El ciego realiza un camino de conciencia creciente:

primero Jesús es “un hombre” (Jn 9,11),

luego “un profeta” (Jn 9,17),

y finalmente “el Señor” (Jn 9,36.38).

A pesar de las presiones de sus padres (cerrados por miedo) y de los fariseos (cerrados por prejuicio), el hombre permanece fiel a su experiencia:

“Solo sé una cosa: yo era ciego y ahora veo” (Jn 9,25).

Es importante notar que “yo sé” (oida, en griego) es el perfecto del verbo ver (orao); por lo tanto ver y saber están estrechamente relacionados: saber significa ver.

El testimonio misionero más eficaz no consiste en argumentos teológicos complejos, sino en anunciar con humildad la experiencia de Dios en nuestra vida, aquello que se ha visto y tocado (cf. 1 Jn 1,1-3).

El misionero es quien acepta comprometerse con la verdad, incluso a costa de la exclusión social o religiosa.

4. La misión en la debilidad

Jesús busca al hombre después de que ha sido expulsado (cf. Jn 9,34-35) y se revela plenamente a él. Las Escrituras subrayan que Dios no elige a los perfectos, sino que transforma los “defectos” en trampolines para su amor, como sucedió con Pedro o Pablo.

La Iglesia es como un hospital para pecadores, no un club para los sanos.

La misión consiste en anunciar que somos amados incluso en nuestras tinieblas y que precisamente nuestra pobreza, tocada por Cristo, puede convertirse en instrumento de luz para los demás.

Se puede concluir que la fe no es un acontecimiento instantáneo, sino un camino gradual que requiere la humildad de dejarse acompañar y tocar por Dios.

El ciego recorre un proceso de conciencia que lo lleva a adorar a Jesús como “el Señor”. Este camino lo conduce a una libertad interior tal que le permite afrontar con ironía y valentía a las autoridades religiosas, convirtiéndose en testigo de la verdad, a pesar de la exclusión social que esto le provoca.

También nuestra historia, incluso en sus aspectos más absurdos o dolorosos, si es bañada por la obediencia a Cristo, puede convertirse en germen de una nueva profecía y de una misión que ilumina el mundo.

  • Elena Conforto
  • 14 Marzo 2026
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