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Misioneras de María
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El rostro del Hijo: del miedo al amor


El camino cuaresmal nos conduce este domingo del desierto al monte, haciéndonos encontrar nuevamente la imagen del “Hijo de Dios”. Si el domingo pasado era el tentador quien desafiaba a Jesús partiendo de esta identidad, hoy es la voz del Padre la que resuena por segunda y última vez en los Evangelios, reconociendo a Jesús como el “Hijo Amado”.

La Transfiguración es, ante todo, un gran acto de liberación: nos sacude del temor a un Dios “juez” o “policía”, una imagen distorsionada que a menudo llevamos dentro. En el Tabor, en cambio, descubrimos a un Dios que ama al Hijo no por lo que ha hecho o por los méritos adquiridos, sino simplemente por lo que es. Esta es también nuestra herencia: somos “hijos en el Hijo”, amados no porque realicemos grandes hazañas, sino por el solo hecho de haber sido engendrados por Él.

Y, sin embargo, ante esta revelación luminosa, los apóstoles no se llenan de alegría: tienen miedo. Es una reacción que nos interpela. Tal vez ese miedo nacía del choque entre sus expectativas y la realidad: estaban esperando a un mesías poderoso y destructor, mientras que Jesús les estaba mostrando el rostro de quien entrega la propia vida.

El evangelista anota con un toque de ironía que, al levantar los ojos, los discípulos “no vieron a nadie más que a Jesús solo”. Casi se puede sentir el peso de esa soledad: ¿estaban acaso esperando a alguien más?

Esta pregunta resuena hoy también para nosotros: ¿a quién estamos esperando verdaderamente en esta Cuaresma? ¿Nos basta el Jesús que el Evangelio nos presenta, o estamos buscando un Dios que se ajuste mejor a nuestros esquemas de poder y éxito?

No es una cuestión meramente teórica, porque como dice un profundo dicho: “Dime quién es tu Dios y te diré cómo me tratarás”. Nuestra imagen de Dios es la lente a través de la cual miramos al prójimo: si mi Dios es un juez severo, trataré a los demás con severidad; si es un Padre que ama gratuitamente, también yo aprenderé a hacer lo mismo.

En este camino cuaresmal, estamos invitados a preguntarnos sinceramente si la idea que tenemos de Dios nos ayuda a construir relaciones sanas o si, por el contrario, termina por destruirlas. De hecho, la calidad de nuestra fe se mide precisamente en la relación con los demás. Nos lo recuerda con fuerza San Juan: “quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede pretender amar a Dios, a quien no ve” (1 Jn 4,20).

La luz de la Transfiguración, por tanto, no es para quedarnos en el monte, sino para volver al valle con ojos nuevos, capaces de reconocer en cada rostro humano a ese Hijo que Dios ama gratuitamente, recordándonos que no hay amor a Dios sin amor a quien está a nuestro lado.

  • Pietro Rossini
  • 28 Febrero 2026
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