“Tuvo hambre” (Mt 4,2). La Cuaresma se abre con una imagen profundamente humana: Jesús que tiene hambre. Es fascinante notar cómo su ministerio público comienza precisamente con la expresión de una necesidad primordial, la misma que reencontraremos en el momento extremo de la cruz cuando dirá: “Tengo sed”. En este arco que va del hambre a la sed, el Hijo del Hombre abraza la totalidad de nuestra naturaleza, viviendo en su propia carne las necesidades de cada hombre y de cada mujer.
Precisamente en este terreno frágil se insinúa el tentador, desafiándolo a transformar las piedras en pan. Es la tentación de la autosuficiencia, el deseo de bastarnos a nosotros mismos sin tener que pedir nada a nadie. Y, sin embargo, Jesús nos recuerda que ni siquiera el Hijo de Dios se basta a sí mismo: Él elige depender totalmente del Padre y de su bondad. En lugar de “fabricarse” el pan por sí solo, nos enseña en el Padre Nuestro a recibirlo como un don cotidiano de Aquel que nos ha dado la vida.
Cuando el diablo ve que la voluntad de Jesús no vacila ante las necesidades materiales, intenta usar la misma Palabra de Dios para engañarlo, invitándolo a un gesto espectacular: arrojarse desde lo alto del templo. Es la tentación del “falso discernimiento” y del éxito fácil. Hoy diríamos que el diablo quería transformar a Jesús en un “influencer” en busca de seguidores. Pero Jesús no ha venido para hacer espectáculo ni para llamar la atención; se presenta como Aquel que escucha y pone en práctica la voz del Padre, permaneciendo libre del juicio de los demás para cumplir plenamente su misión.
Finalmente, el tentador juega la carta del poder, prometiendo reinos y riquezas. Es una oferta paradójica, porque al diablo no le pertenece nada, salvo la libertad de inducirnos a elegir entre el amor y la indiferencia, entre el egoísmo y la entrega. Jesús responde restableciendo nuestra verdadera vocación: hemos nacido para amar y alabar a Dios con todo el corazón. Puesto que todo lo que somos proviene de Él, nuestro acto más auténtico no es poseer, sino dar gracias.
El camino que el Señor nos sugiere en esta Cuaresma para vencer envidias, celos y divisiones es precisamente la gratitud. Como recuerda un dicho chino: “cuando alguien es agradecido no puede ser infeliz”, mientras que san Ignacio de Loyola nos advertía que el pecado más abominable es la queja, porque nos hace olvidar los dones recibidos. En este desierto cuaresmal, entonces, no nos limitemos solo a las renuncias, sino aprendamos la práctica del agradecimiento. Solo de la gratitud por los dones del Señor brota nuestra verdadera y profunda libertad.
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Pietro Rosini
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21 Febrero 2026
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