Después de proclamar las bienaventuranzas, Jesús se dirige a los discípulos calificándolos como “sal de la tierra” y “luz del mundo”, subrayando que el mensaje revolucionario de las bienaventuranzas debe ser testimoniado con la propia vida, delante de todos. El acento en el pronombre de segunda persona —ustedes son la sal de la tierra, ustedes son la luz del mundo— tiene la función de involucrarnos a todos, como personas y como comunidades, como testigos del Reino. Ustedes son es una definición de lo que el cristiano ya es y está llamado a manifestar: una invitación a vivir con plenitud y responsabilidad.
Sin embargo, es importante recordar que es Jesús quien es la sal de la tierra, la sal que da sabor a la vida; es Jesús “la luz verdadera, la que ilumina a todo hombre”, y los discípulos son sal y luz solo en relación con Él.
1. “Ustedes son la sal de la tierra; pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la volverá salada? Ya no sirve para nada, sino para ser arrojada afuera y pisoteada por la gente”.
La sal da sabor: quien come se da cuenta inmediatamente si está o no presente. Además, sirve para desinfectar y, como antiguo remedio, permite conservar durante mucho tiempo algunos alimentos. La imagen de la sal evoca la idea del gusto: es símbolo de sabiduría, entendida como la capacidad de saborear la vida teniendo el sentido de Dios. Con esta metáfora, Mateo subraya el papel indispensable del testimonio cristiano en el mundo.
Jesús nos confía la tarea de dar sabor a la vida, de llevar alegría y fraternidad, no solo a través de la fe personal, sino en la concreción de las acciones cotidianas. Precisamente esta semana, con ocasión del Día de la Memoria, conocí la historia del doctor Giovanni Borromeo, quien logró salvar a casi cien judíos destinados a Auschwitz: un ejemplo de cómo se puede “salar la historia”. Como director del hospital Fatebenefratelli de Roma, durante la ocupación nazi en 1943, junto con otros dos médicos, mantuvo alejados a los nazis del pabellón de enfermedades infecciosas —donde había escondido a los judíos— mediante una mentira médica, inventando el “mal de K”, una enfermedad altamente contagiosa.
Lamentablemente, también existe para nosotros, los cristianos, la posibilidad de volvernos insípidos: de ser una presencia insignificante al adaptarnos a la mentalidad mundana y perder el sabor de las bienaventuranzas evangélicas.
2. “Ustedes son la luz del mundo; no puede ocultarse una ciudad situada sobre un monte, ni se enciende una lámpara para ponerla debajo del cajón, sino sobre el candelero, y así alumbra a todos los que están en la casa”.
La segunda metáfora es la de la luz, que, al igual que la sal, remite a la vida y a los demás. La naturaleza de la luz no es la de ser escondida bajo un recipiente, sino la de iluminar. La luz sirve para que otros puedan caminar con seguridad, evitar peligros y emprender el camino correcto. La ciudad situada en lo alto del monte, que brilla en la noche, permite a quien viaja no perderse.
Cuando se habla de la ciudad que resplandece, no se debe pensar ni en el individuo ni en la Iglesia, sino en el Reino de Dios como punto de referencia. La luz es también la Palabra: “Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi camino” (Sal 118,105).
Una palabra que nos interpela profundamente como Familia saveriana es: Charitas Christi urget nos (2 Cor 5,14), “El amor de Cristo nos apremia”. Esta Palabra es la luz que enciende nuestro corazón, ilumina nuestros ojos y orienta nuestros pasos.
3. “Así brille la luz de ustedes delante de los hombres, para que vean sus buenas obras y glorifiquen a su Padre que está en los cielos”.
Mateo llama buenas —o más bien bellas— obras (ta kalà erga) a aquellas acciones visibles que poseen una bondad real, a través de las cuales podemos irradiar el bien. Son obras de luz los gestos de los mansos, de quienes tienen un corazón de niño, de los hambrientos de justicia, de los incansables buscadores de la paz: los gestos de las bienaventuranzas.
Estamos llamados a hacer brillar la luz a través de nuestras acciones, a ser testigos creíbles. En el encuentro “One Humanity One Planet”, el Papa recordó a los jóvenes: “No habrá paz mientras no termine la guerra que la humanidad hace contra sí misma, cuando descarta a los débiles, cuando excluye a los pobres, cuando permanece indiferente ante el refugiado y el oprimido…”.
En este V domingo también nos lo recuerda el profeta Isaías: “Si abres tu corazón al hambriento… entonces brillará tu luz en las tinieblas” (Is 58,10). Nuestra luz brilla en medio de la oscuridad cuando compartimos el pan con quien tiene hambre, cuando sabemos acoger a quien no tiene a nadie, cuando cubrimos a quienes han quedado desnudos de dignidad, cuando nos hacemos cargo del otro.
No temas: ilumina a otros y tú mismo serás iluminado; sana a otros y sanará tu herida (Is 58,8). Ocúpate de la tierra y de la ciudad, y tu luz brillará como el sol del mediodía.
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Rosanna Bucci
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07 Febrero 2026
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