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Misioneras de María
XAVERIANAS

Podcast

Makárioi: la felicidad que nace de la fidelidad


Las Bienaventuranzas (Mt 5, 1-12)

No son solo el inicio del Sermón de la Montaña; son la gran apertura y el resumen más poderoso de la proclamación del Reino de Dios, que constituye el centro de la predicación de Jesús.

Felices / Bienaventurados / Plenamente realizados: en el griego original Μακάριοι (makárioi) no significa “contentos” o “satisfechos”, sino aquellos que están en el camino correcto delante de Dios, incluso en medio del sufrimiento. Es un incentivo, un aliento para seguir adelante.

“Felices los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.” Pobres reales, despojados en la actitud interior, en una dependencia radical de Dios.

“Felices los que lloran, porque serán consolados.” Los que lamentan profundamente, los que lloran por el dolor del mundo; no se trata de una tristeza individualista.

“Felices los mansos, porque heredarán la tierra.” Humildes, no violentos, firmes; una alusión directa al Salmo 37.

“Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.” Justicia relacional, fidelidad al proyecto de Dios, justicia social.

“Felices los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia.” Los que se conmueven y actúan concretamente; no es sentimentalismo.

“Felices los limpios de corazón, porque verán a Dios.” Limpios, íntegros, coherentes interiormente; no perfeccionismo moral.

“Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.” Los que hacen la paz: paz activa, fruto de la justicia.

“Felices los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.” El Reino comienza aquí, no solo después.

“Felices ustedes cuando los insulten… Alégrense y regocíjense.” La alegría nace de la fidelidad, no de la ausencia de conflictos.

En el griego original, las Bienaventuranzas no prometen huir del sufrimiento, sino que proclaman que Dios ya está del lado de los vulnerables, de los justos y de quienes están comprometidos con el Reino. No describen ideales inalcanzables, sino el modo de vivir de Jesús. Desde el texto griego comprendemos que no se trata de virtudes genéricas, sino de un modo de existir.

Este próximo 02/02 cumplo 25 años de Vida Consagrada a Dios y a la Misión, y es también el día en que la Iglesia celebra la Vida Consagrada (Fiesta de la Luz). Hago así una referencia a este Evangelio desde la elección que hice de entrega total de mi vida, como también la de tantos y tantas consagrados/as a la vida religiosa-misionera.

Creo que en la vida consagrada, makárioi no es éxito espiritual ni satisfacción personal. Es pertenecer al Reino incluso cuando la vida parece pequeña, escondida o poco reconocida. La consagración es un “sí” a una felicidad que no depende de los resultados, sino de la fidelidad.

La vida consagrada hace visible la dependencia radical de Dios. No se trata solo de no poseer, sino de no apropiarse: ni de las personas, ni de la misión, ni de la propia vocación. El voto de pobreza es libertad para la misión y solidaridad concreta con los pobres.

Los consagrados están llamados a no anestesiarse ante el sufrimiento del mundo. Llorar aquí es “sufrir con”: con los descartados, con la tierra herida, con las víctimas de la injusticia. La vida consagrada es lugar de compasión y de denuncia profética.

La mansedumbre, en el griego, indica fuerza sin violencia. El consagrado no domina, no impone, no se defiende con poder, sino que resiste con fidelidad. La obediencia es escucha activa de Dios en la historia y en los clamores del pueblo.

El hambre y la sed de justicia están en el centro de la misión: fidelidad al proyecto de Dios para todos.

La misericordia no es sentimiento, es acción que nace de las entrañas. El/la consagrado/a está llamado/a a ser rostro humano de la misericordia de Dios, especialmente donde nadie quiere estar. Las comunidades están llamadas a ser espacios de acogida, reconciliación y cuidado.

“Puros de corazón”: el consagrado está llamado a una mirada limpia, capaz de reconocer a Dios en la realidad, no fuera de ella. La castidad es amor expandido y libre, no encerrado en sí mismo. La pureza es integridad, coherencia profunda.

Doy gracias a Dios por las innumerables experiencias concretas de esta Palabra a lo largo de estos años, agradecida por la alegría y la libertad profunda que supone pertenecer a su Reino y poder colaborar con su Proyecto de hacer del mundo una sola familia.

  • Lindomar Teixeira
  • 31 Enero 2026
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