En este cuarto domingo de Adviento celebramos la venida de Dios, que nos alcanza con su don y su gracia, trayendo la salvación verdadera y definitiva: Él es el Emanuel, el Dios-con-nosotros.
En el pasaje litúrgico de hoy, Mateo describe el sorprendente embarazo de María y la prueba que atraviesa José, culminando en la aceptación del plan divino a través de un sueño revelador.
José es el “hombre justo”, y su justicia se manifiesta en la misericordia y en el deseo de proteger a María, incluso ante una situación escandalosa. Así, representa la obediencia a la voluntad de Dios por encima de la mera ley mosaica.
El anuncio divino ocurre cuando un ángel revela en sueños el origen divino del embarazo de María, instruyendo a José a recibirla como esposa y a poner al niño el nombre de Jesús (“Dios salva”).
El cumplimiento de la profecía se da cuando Mateo vincula el nacimiento de Jesús con la profecía de Isaías (Emanuel, “Dios con nosotros”), subrayando la filiación divina y la presencia de Dios en la historia humana.
La obediencia de José es admirable: acepta el plan de Dios, supera el miedo y la incomprensión, y se convierte en modelo de una fe activa, silenciosa y concreta.
Se revela así la doble naturaleza de Jesús: José garantiza la descendencia davídica y la legitimidad mesiánica, mientras que la concepción por obra del Espíritu Santo afirma su origen divino.
El recurso del sueño es fundamental, ya que se convierte en medio de revelación divina que valida el origen sobrenatural de Jesús sin comprometer la ley judía ni el honor de José.
La misión salvífica de Jesús se anuncia desde su nombre, que señala su vocación de salvar a la humanidad de sus pecados.
La virginidad de María es esencial, pues el texto la subraya incluso en el nacimiento de Jesús, como elemento central de la teología de la Encarnación.
En definitiva, el pasaje destaca la importancia de la fe, la obediencia y la aceptación del plan divino, incluso cuando resulta incomprensible. José, con su silencio lleno de acción, personifica la confianza en Dios y la colaboración en la obra de la salvación. El texto establece desde el inicio la doble naturaleza de Jesús y su misión redentora.
A diferencia de lo que vemos hoy en tantas historias dolorosas de feminicidio, José es modelo de comprensión y de acogida de una realidad que supera su entendimiento humano. Su decisión de no exponer públicamente a María, sino de dejarla en secreto, revela un corazón compasivo y misericordioso. Él prioriza la protección y el bienestar de María, manifestando un amor que va más allá de las convenciones sociales y legales.
Nuestro Dios es el Dios de las posibilidades y permanece fiel a su palabra. Él interviene en la historia de la humanidad para establecer la paz, la justicia y la tolerancia entre los pueblos. Y es precisamente mediante la cooperación humana como hace posible lo que humanamente parece imposible.
Por ello, que san José y María sean también nuestros intercesores en la lucha contra el feminicidio. Y, sobre todo, que nuestra historia esté marcada con mayor fuerza por gestos de respeto, solidaridad y compañerismo.
¡Ven, Señor Jesús, ven y transforma nuestro llanto en alegría!
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Beth Espinhara
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20 Diciembre 2025
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